Opinión / Noticias / Carolys Helena Pérez González

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Ha pasado un poco más de un mes desde que la tierra decidió recordarnos que debajo de nuestros pies nada es completamente inmóvil. En cuarenta días hemos aprendido a medir el tiempo de otra manera: ya no por el tiempo que determina el calendario, sino por las vidas que se encontraron, las que seguimos buscando, las familias que volvieron a abrazarse, los nombres que seguimos pronunciando y las manos que nunca dejaron de trabajar incluso cuando el miedo y el desasosiego parecían ocuparlo todo.
Ha pasado un poco más de un mes y quizás este sea el momento más difícil especialmente porque el mundo empieza lentamente a parecerse al que existía antes del terremoto, mientras quienes siguen con el cuerpo en los territorios descubren que por dentro nada ha vuelto todavía a ocupar su lugar, a ustedes van estas palabras.
Porque yo sé que durante semanas no hubo tiempo para preguntarse cómo estaban. Mientras estaban esperando ayuda, mientras sus familias ha estado buscando respuestas, comunidades enteras intentando comprender lo que transitamos. En circunstancias como esas el ser humano desarrolla una capacidad extraordinaria para postergar su propio dolor, hace poco leía que nuestra biología nos ofrece esa posibilidad: el cerebro reduce todo aquello que considera secundario para concentrar su energía en una sola tarea, sobrevivir y ayudar a sobrevivir. Por eso muchos pudieron trabajar durante días casi sin dormir, tomar decisiones imposibles y encontrar fuerzas que jamás imaginaron poseer, la fuerza que viene del alma en búsqueda del sentido.
Quizá algunos se pregunten por qué ahora, cuando pareciera que todo empieza lentamente a volver a su lugar, sienten que el cansancio pesa más que durante la emergencia. La respuesta no está en la falta de fortaleza. Está en nuestra propia naturaleza. El cerebro humano tiene la extraordinaria capacidad de protegernos durante una crisis; libera hormonas como el cortisol y la adrenalina para mantenernos alertas, concentrados y capaces de responder incluso cuando creemos que ya no nos queda energía. Pero ese mecanismo no puede sostenerse para siempre. Cuando el peligro inmediato disminuye, el organismo comienza a procesar aquello que durante semanas dejó en pausa para sobrevivir. Es entonces cuando aparece el insomnio, la tristeza sin explicación aparente, la dificultad para concentrarse o esa sensación de vacío que algunos no logran poner en palabras.
También existe algo que la psicología conoce como fatiga por compasión. Quienes acompañan el sufrimiento de otros durante largos períodos terminan llevando una parte de ese dolor consigo. No porque sean frágiles, sino porque son profundamente humanos. Nadie sale ileso después de mirar de frente la pérdida, de escuchar historias que rompen el corazón o de sostener a personas que sienten que su mundo se vino abajo. El amor también deja agotamiento, y reconocerlo no disminuye el valor de lo que hicieron; al contrario, explica la enorme dimensión de la entrega que han tenido.
He visto demasiada dignidad en este mes para creer que todo lo ocurrido puede resumirse en cifras. Lo que permanece en mi memoria son los rostros de quienes decidieron quedarse cuando hubiera sido más fácil marcharse.
Por eso esta carta no busca pedirles que sean más fuertes. Al contrario, quiero pedirles que se permitan descansar, hablar, llorar cuando haga falta y aceptar que nadie atraviesa una experiencia como esta sin transformarse. Venezuela también necesitará cuidar a quienes la cuidaron. La reconstrucción no termina cuando se levantan las paredes; comienza verdaderamente cuando somos capaces de sanar a las personas que hicieron posible que otros siguieran de pie.
Gracias por cada decisión tomada desde el amor. Gracias por no abandonar el territorio, por recordarnos que un país se sostiene, antes que por el concreto, por la inmensa capacidad de su gente para encontrarse incluso en los días más difíciles.
Seguiremos en defensa de la alegría, como única trinchera. No estás sola, no estás solo ¡Palabra de mujer!
Por Carolys Helena Pérez González @carolyshelena