Opinión / Noticias / Carolys Helena Pérez González

21.Jul.2026 / 12:59 pm / Haga un comentario

Por Carolys Helena Pérez González @carolyshelena  

Hace años escuché a Hugo Chávez decir que el amor era la fuerza más poderosa que existía. Durante mucho tiempo esa frase circuló como tantas otras, repetida, discutida, interpretada; pero en medio de una tragedia, las frases dejan de pertenecer a la política o a la memoria pública y vuelven a un lugar más simple porque el amor, aquí, no tiene grandilocuencia. Se parece más a una botella de agua compartida que a una idea. A una cama improvisada para alguien que no tiene dónde dormir, a una mano que acompaña sin preguntar demasiado. A una llamada que no busca información sino presencia.

Ninguna tragedia deja enseñanzas, manuales o libros de cómo hacer, esa idea siempre me ha parecido injusta porque honestamente las tragedias dejan heridas y  las heridas necesitan tiempo, cuidado y memoria.

Estamos transitando el tiempo presente que mezcla la euforia, la solidaridad, los temblores y la acción permanente mientras todavía individualmente dimensionamos el poder que tiene para nosotras y nosotros sostenernos para sostener. Los especialistas en trauma explican que, después de un evento extremo, el sistema nervioso puede tardar mucho más que la realidad en entender que el peligro terminó. El cuerpo sigue reaccionando como si aún hubiera que salir corriendo. Por eso hay insomnio, sobresaltos, cansancio que no descansa, una sensación de extrañeza incluso en los lugares conocidos. No es exageración ni debilidad. Es el modo en que la memoria biológica intenta reorganizar el mundo.

Tal vez por eso tantas personas siguen sintiendo que algo falta incluso en la calma.

He pensado en eso mientras veo lo que ha ido ocurriendo en paralelo al dolor. Porque junto a la pérdida también aparece otra escena que no siempre cabe en las noticias: la de la gente que se organiza sin que nadie se lo pida, amores que se buscan entre sí, patriotas y hermanos que comparten agua, comida, información, voluntariados que no preguntan de dónde viene el otro antes de ayudarlo, gente que, en medio del miedo, decide quedarse cerca.

Quizás reconstruir un país no empiece cuando se levanta el primer muro, sino cuando decidimos que el dolor del otro también merece un lugar en nuestra propia historia; se atraviesan con tiempo, con cuidado, con gente alrededor, con palabras que no intentan explicar lo inexplicable, sino sostener lo que todavía está de pie.

La vida, después de un terremoto, no vuelve a ser la misma. Eso es evidente. Pero tampoco se queda detenida en el momento del quiebre, se empieza a reorganizar lentamente, definitivamete no en los edificios primero, sino en la forma en que nos miramos, en la manera en que preguntamos por el otro. En cómo respondemos cuando alguien dice “estoy bien” sin estarlo del todo.

De forma progresiva viviremos el momento en el que la tierra deje de moverse, nuestra tarea ahora es aprender a habitar otra forma de movimiento: la de quedarnos, la de cuidar, la de no soltar demasiado rápido a quienes todavía están intentando entender lo que pasó.

Porque hay países que se reconstruyen con concreto y hay otros que solo pueden reconstruirse con algo más difícil de nombrar: la decisión de no dejar a nadie solo en medio del ruido que aunque fisicamente ya pasó pero sigue haciendo estruendo adentro.

Seguimos de pie, ¡palabra de mujer!

 

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