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31.Jul.2015 / 07:05 pm / Haga un comentario

Por: Clodovaldo Hernández

En Venezuela hay mucho trumpista. Algunos son abierta y sinceramente trumpistas. Otros aún no han salido del clóset o del escaparate. Pero todos coinciden en algo: si les tocara votar en Estados Unidos, lo harían por un sujeto como Donald Trump, es decir, por el ala más recalcitrante y troglodita de la derecha gringa.

¿Cómo puede ocurrir esto, si lo más seguro es que “el Pelucón Mayor” (como lo llamó el presidente Nicolás Maduro) desprecie con similar intensidad a los venezolanos trumpistas y a los antitrumpistas, igual que lo hace con los mexicanos en general? Bueno, eso es lo que los viejos marxistas llaman “la alienación”, y consiste en que el oprimido piense con las ideas del opresor para, así, oprimirse mejor. En este caso -sería bueno precisarlo- son las ideas de lo peorcito de los opresores. Y mire usted que hay que ponerle corazón para ser lo peor en un escenario tan competido.

Entre los trumpistas criollos hay catires y pelirrojos, y señorones de alta alcurnia y rancio abolengo, obviamente; pero también hay gente mestiza, mulata, zamba, indígena, afrodescendiente y hasta amarilla. Hay bastantes pobres y, sobre todo, mucha clase media. En fin, gente que solo entraría a la casa de este magnate si fuera a realizar tareas domésticas o como coleados en alguna fiesta.

Los críticos dirán que qué importa lo que piensen, digan o hagan los trumpistas. Además, como bien observa mi amigo el Estrangulador de Urapal, a los venezolanos nos gusta perder el tiempo alineándonos con uno u otro político imperial, siendo que todos son más o menos la misma cosa. Por ejemplo, los chavistas se emocionaron mucho la primera vez que el pueblo estadounidense eligió a Obama porque era “mi color” y demócrata, pero resultó ser igual a todos y hasta peor. Nos tachó de amenaza inusual y extraordinaria y ha faltado poco para que nos mande un bombardeo humanitario. O sea, que casi salimos peor que con George W., el blanco republicano que hedía a azufre.

Bueno, es cierto que no debería importarnos el trumpismo ajeno, salvo porque a los trumpistas vernáculos les gustaría aplicar sus ideas acá mismo y no dudarán en hacerlo si retornan, de una forma u otra, al poder político nacional. No, desde luego no pretenden frenar a los mexicanos, porque aquí no hay muchos (hasta los mariachis que animan los cumpleaños son criollos… o importados, pero de la hermana república). A quienes quieren ponerle un parao es a los pobres, a los pataenelsuelo, a los que llevan 16 años alzados. Más allá de alegorías irónicas, un sector importante de la oposición venezolana comparte la visión excluyente, las políticas de apartamiento forzoso que propugnan tipos de la estofa del copetudo norteamericano.

Como en la novela Angosta, de Héctor Abad Faciolince, muchos de nuestros compatriotas sueñan con un mundo en el que la clase media acomodada y, desde luego, los ricos, puedan disfrutar del estilo de vida de las sociedades desarrolladas, manteniendo a raya a los desarrapados mediante mecanismos de control de acceso y la labor represiva de un Estado totalitario de corte futurista. El mundo ideal de estos compatriotas es uno como el descrito por Faciolince, donde los “segundones” y los “tercerones” solo ingresan, con salvoconducto, para prestarles servicios a los “dones”.

Las conductas trumpistas se ven por doquier. Ejemplos hay de sobra. En estos días leí una información sobre la inminente inauguración de la estación Ayacucho del metro de Los Teques, y un señor comentó que, por favor, paren ya las obras porque el sistema masivo “dañará” a San Antonio de Los Altos.

Una muestra del carácter de casta que algunos sectores sociales consideran natural y tienen registrado en el ADN se puede apreciar en las protestas de autoridades, profesores y estudiantes universitarios por el ingreso de personas que “no son como nosotros”. El rechazo se basa en que fueron asignados por el organismo del Estado venezolano con competencia en ese ámbito, en lugar de seleccionados por la misma universidad. Se usan argumentos de meritocracia, excelencia académica y otros de mucho prestigio, pero en el fondo (y en algunos casos, también en la superficie), prevalece el mismo asco que el magnate inmobiliario y de Miss Universo les tiene a los espaldamojada.

La conducta trumpista tiene una incidencia particularmente alta entre los intelectuales (y los que se ufanan de serlo). Veamos, solo como ejemplo, lo que dice un personaje que, en el mismo artículo, presume de muy inteligente y culto: “Por lo pronto, se aproxima un conflicto entre los alumnos inscritos de acuerdo con las normas académicas y los inscritos por las politiqueras del gobierno. La universidad no puede hacer otra cosa que luchar por imponer la inteligencia y su independencia contra el despotismo y la estupidez. Sin medir el costo”.

Tal vez alguien proponga construir un muro alrededor de los campus para que no entren los indeseables. Trumpismo académico puro, pues.

 

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