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Por Irán Aguilera
Con sus comunes sin distingo, pisando el asfalto que quema, traza su ruta diaria antes de que la aurora despunte, ganándole horas al día. Es la vocera comunal de mi barrio.
No la comprende el académico de biblioteca, quien macerado entre nubes de abstracciones pretende explicarla con palabras que jamás han sudado. Tampoco el burócrata le halla acomodo, pues su andar le mueve el piso y le mancha el pulcro expediente laboral; su sola presencia incomoda el confort de la oficina climatizada donde los comunes somos apenas cifras y no el latido de la existencia real.
Muchas veces intentó usarla el politiquero de oficio —disfrazado de pueblo con verborrea prestada—, pero ella lo señaló con el índice por pretender hacer de los sudores ajenos peldaños para trepar. Sí, no faltó aquel bicho que se llenaba la boca de «revolución» mientras se ajustaba el cuello: parásito, escalador de la estructura que ella sostiene, quien al no consolidar privilegios cambió de chaqueta o huyó a refugiarse en Miami con su botín. De él, al menos, le quedó una lección incuestionable: aprendió a separar con rigor la paja del grano.
Es, por lógica, blanco del ataque de los enemigos naturales del Pueblo, los mismos que la observan desde atalayas de falsa superioridad y son incapaces de comprender la terquedad de su devoción solidaria; ellos que tienen precio están condenados a ahogarse en el odio por la entrega total de ella, por su lealtad gratuita al Poder Popular. Los influencers y los enjambres tarifados de la extrema derecha se engañan cuando creen que la deshumanizan al caricaturizarla como caos, ellos jamás podrán contra el orden luminoso que brota del fondo de su corazón. No alcanzan a ver que, con sus manos generosas, no dejará pasar fascismos de contrabando.
Mujer que multiplica panes, jefa por democracia de la calle, praxis que no se aprende en ninguna academia. Conoce los dolores y lo que alienta a cada vecino, porque lo suyo no es pose ni exquisitez intelectual, sino compromiso sagrado.
Se crece, incluso, en el peso de la bombona al hombro, en el alimento repartido con justicia, en la medicina que llega venciendo la escasez, pero, sobre todo, en la voz firme que jamás calla.
Fe crística, fuego encendido de Chávez: lleva la cruz del barrio con la frente en alto. Sin trillada ni complicada bibliografía, construye su sueño como un hermoso absoluto y lo llama Patria; su oración es el trabajo diario y su altar, la acera por donde camina. Se ha armado con el diálogo de saberes, abrazada a aquel Aló, Presidente que aún espanta a los pedantes sabihondos.
Es la comuna viva, la calle compleja, la verdad que ni el odio ni el oportunista logran domesticar. Se ha elevado por encima de las gigantescas dificultades que la brutal guerra económica y toda la demás rabiosa agresión imperialista le han impuesto para quebrarla, sabiendo con inquebrantable convicción que más temprano que tarde las superará, como nos lo recuerda a cada rato el Capitán: “Pase lo que pase, nosotros venceremos”.
Todos la volvimos a ver, una vez más, victoriosa en la Consulta Popular Nacional del pasado 18 de octubre.