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Por Carolys Helena Pérez González
¡Qué fácil resulta decir que no es suficiente cuando hablas desde el privilegio de la ceguera! Pues la presencia de una mujer en un espacio de poder siempre será insuficiente si no somos capaces de mirar todo lo que esa presencia representa, cuestiona y transforma.
La participación de Delcy Rodríguez en la Asamblea General de las Naciones Unidas o en la FAO abre una conversación que va más allá del lugar que ocupa una mujer en una fotografía o del escenario desde donde pronuncia un discurso. Nos invita a reflexionar sobre una pregunta que el feminismo ha colocado históricamente en el centro del debate: ¿quiénes han tenido el derecho de hablar, de ser escuchadas y de construir los relatos que explican nuestras sociedades?.
Durante siglos, las mujeres fuimos ubicadas en los márgenes de la vida pública. Se nos permitió acompañar procesos, sostener comunidades, construir afectos y hacer posible la vida cotidiana, pero muchas veces se nos negó la posibilidad de participar en los espacios donde se toman decisiones y se define el rumbo colectivo.
Por eso, cuando una mujer ocupa una tribuna política, no estamos hablando únicamente de una conquista individual. Estamos hablando de una disputa histórica por el reconocimiento de las mujeres como sujetas políticas, como creadoras de pensamiento y como protagonistas de la transformación social.
Sin embargo, el feminismo también nos ha enseñado que no existe una única experiencia de ser mujer. Las desigualdades atraviesan nuestros cuerpos de maneras distintas. No es igual la historia de una mujer que ha tenido acceso a determinados privilegios que la de una mujer afrodescendiente, una mujer popular, una trabajadora, una madre que sostiene un hogar o una mujer que ha tenido que abrirse camino en espacios donde su voz fue cuestionada antes de ser escuchada.
Por eso la representación no puede quedarse en la presencia. La pregunta más profunda es qué hacemos con los espacios conquistados y a quiénes permitimos llegar después. Una mujer que ocupa un lugar de decisión también tiene la responsabilidad histórica de ampliar las posibilidades para otras mujeres. Porque el poder, cuando se mira desde una perspectiva feminista, no puede entenderse solamente como la capacidad de llegar a un espacio, sino como la posibilidad de transformar las condiciones para que otras personas puedan participar plenamente.
En ese sentido, la comunicación y la educación son territorios fundamentales. Los pueblos no solamente se disputan desde las instituciones; también se disputan desde las ideas, desde los relatos y desde la manera en que interpretamos nuestra propia historia.
Las mujeres hemos luchado durante generaciones no solamente por entrar a los espacios donde se toman decisiones, sino por transformar las lógicas que durante mucho tiempo definieron quién podía hablar, quién era escuchado y quién tenía autoridad para nombrar la realidad.
Por eso, cada presencia femenina en un espacio de poder debería abrir una conversación más amplia. No basta con preguntarnos cuántas mujeres están allí; también debemos preguntarnos qué voces siguen ausentes, qué desigualdades permanecen intactas y qué estamos haciendo para que las próximas generaciones no tengan que pedir permiso para ocupar los lugares que les corresponden.
La pregunta que queda abierta no es únicamente si las mujeres hemos llegado a las tribunas históricamente negadas; La pregunta más profunda es qué hacemos con esas tribunas cuando llegamos: si las utilizamos para reproducir viejas formas de poder o para construir nuevas maneras de participar, escuchar y transformar.
¡Aquí no se rinde nadie, palabra de mujer!