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17.May.2016 / 08:49 am / Haga un comentario

Foto: Misión Verdad

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A la democracia le hemos adjudicado casi una categoría de dogma religioso, sin entender que muchas veces las formas, las apariencias, los subterfugios y los parámetros de la institucionalidad, sirven en ocasiones para los actos más perversos y antipopulares.

Asumimos el discurso democrático como una forma sacrosanta de la vida en sociedad, legitimando y sin cuestionar un conjunto de pautas y normas, vericuetos de la institucionalidad y formalidades vigentes heredados de la visión burguesa. Y ahí radica nuestra “falla de origen”.

Ir a elecciones, acudir a las instituciones

Con las élites económicas en contra, con los medios en contra, con instituciones en contra y hasta con la Iglesia (todavía muy poderosa) en contra, los gobiernos de la izquierda latinoamericana están yendo a elecciones y al ejercicio de la institucionalidad democrática, en momentos en que esta es asaltada y empleada como recurso por quienes no han logrado durante años imponerse ni por golpismo ni por el voto. Paradojas de nuestro tiempo.

Para hablar de Venezuela, basta decir que antes de Chávez la izquierda era una minoría electoral ensimismada, reducida y diezmada. Atomizada, acudió durante años a elecciones contra los poderes económicos, las instituciones y los medios en contra, lidiando una batalla aberrantemente desigual contra el stablishmentadeco-burgués. Bastó el liderazgo de Chávez y el agotamiento del modelo neoliberal demolido por su propia opulencia para que se propiciara una victoria electoral de las fuerzas sociales de cualidad alternativa.

Pero el asunto se complicó luego de eso. Basados en un espíritu profundamente democrático, el chavismo no logró cuestionar como un todo el concepto de democracia. No lo sometimos a revisión. Por el contrario, lo aderezamos con necesarias fórmulas y visiones sobre la participación y el protagonismo político, pero hasta ahí. No consolidamos formas blindadas para consolidar una democracia con vitalidad propia, con un asidero institucional de nuevo tipo e infranqueable a quienes siempre han asaltado nuestra revolución.

Para empezar, dejamos que fuera “políticamente correcto” que la élite económica tuviera libre ejercicio, patrocinando, financiando y promoviendo a una gendarmería política electoral, sin considerar en profundidad la posibilidad (perniciosa y horrible para el pueblo) de que los muy miserables en realidad pudieran ganar elecciones. Como tampoco maduramos y no nos organizamos lo suficiente, no logramos crear instancias nuevas e instituciones nuevas, populares, coherentes, protagónicas, que dejaran sin efecto las viejas formas y viejos recursos de la institucionalidad burguesa.

No nos dio tiempo, no quisimos, no pudimos, usted elija. El asunto es que durante años lidiamos y nos sentimos cómodos con la misma forma de parlamento burgués asaltable por la contra, y ahora está en manos de ella.

Fuimos a elecciones el 6D inscribiéndonos en la lógica electoralista, como si el Alfa y el Omega del chavismo fuera ir a elecciones y no hacer la revolución. Y perdimos. Y la verdad es que si al día de hoy el TSJ no tuviera la consistencia constitucionalista que tiene, sería difícil hablar del destino de Maduro y de la revolución toda.

Dependemos tanto de las viejas formas democráticas que seguimos dependiendo de una vieja instancia judicial para asumir que seguimos en revolución. Los subterfugios, los formalismos institucionales, la imposición casi sacrosanta de “las reglas del juego democrático”, no han sido sometidos a revisión.

Entendamos que “la democracia” es una baratija vendida al mejor postor, si sus mecanismos son asaltados para imponer la plutocracia, que no es otra cosa que el gobierno de los ricos. Si las instituciones y los votos terminan al servicio de la élite, la democracia pierde sentido. Ninguna fuerza de derecha en América Latina tiene otro propósito que el de someter todo a la sombra del poder económico y la plutocracia será el destino de todo gobierno progresista que sea desmantelado en esta etapa que está en curso.

Usar la democracia para imponer el gobierno de la élite es de las cosas más absurdas que ocurren en democracia y en nombre de ella. La plutocracia es la forma de gobierno que menos se parece a la gente y eso no es expresión del “gobierno del pueblo”. Y eso está ocurriendo.

Lecciones desde Brasil

Veamos el ejemplo de Brasil. El golpe institucional en ese país se consuma en el contexto de un furioso contraataque de la derecha transnacional en todo el continente con el propósito de revertir aspiraciones populares y un incipiente mapa regional que ha servido que algunos países asuman una postura diferente contra el orden hegemónico de nuestro sistema mundo. Luego de los golpes parlamentarios en Honduras y Paraguay, el avance electoral de la derecha ha tenido lugar en Argentina, Bolivia y Venezuela.

Estamos en una situación en la que los actores de los atajos golpistas emplean ahora las “reglas del juego democrático”. Ahora sí van a elecciones y emplean las instituciones. En nombre de la democracia (y hasta usando algunos de sus mecanismos) imponen la expresión más opuesta a ella. El golpe en Brasil es emblemáticamente clarificador de ese principio.

En Brasil la élite se impuso nuevamente de manera abierta, pese a que los gobiernos de Dilma y Lula desarrollaron con ellos relaciones de “coexistencia”. A la élite no le basta el poder a medias, lo quieren absolutamente todo y por eso lo arrebataron de manera artera y miserable. Para colmo, lo hicieron por vías viciadas, pero legales. Es decir, encontraron los mecanismos institucionales, los violentaron y 55 senadores destituyeron a Dilma contrariando el voto de 54 millones de brasileños.

Más de la mitad del Senado que juzgó a Dilma tenía procesos penales en curso y estaban bajo el manto de la inmunidad, otra cosa curiosa de la democracia. La democracia impone reglas de legalidad en las que es perfectamente legal que la canalla se apoltrone en el poder para, en nombre del pueblo, asesinar la aspiración popular y esa es una incongruencia monumental.

Aunque viciado de nulidad, pero sin que sea declarado así, el proceso contra Dilma es legal y nada ni nadie cuestiona la sacrosanta institucionalidad democrática, ni sus métodos, ni sus formas, ni sus formalidades. Dilma entrega, Michel Temer asume, así es el proceso, lo contrario a eso “sería el caos total” y todo transcurre en calma.

Los poderes fácticos celebran y se imponen, la élite da un golpe y retoma el poder por mano propia, asumen, se consolidan y hacen lo suyo. Pero eso en democracia “está bien”, porque “es legal”, aunque en las calles el pueblo tenga ahora que exigir justicia, democracia y deba pelear lo que le han arrebatado.

Pancho Villa lo dijo

La democracia como concepto está (como casi todos los sistemas ideológicos de gran consenso social) bajo un peligro: puede convertirse en un dogma, una verdad automáticamente aceptada.

Tal como el cristianismo, que es una vieja institución ideológica, la democracia puede convertirse en un dogma pocas veces sujeto a revisión. Quizá, repensar la democracia es uno de los retos medulares en la necesidad de repensar nuestra sociedad, pues si algo debe hacer una revolución es ir a la médula y transformar el hecho social cuestionando todo, rehaciendo todo. Y la democracia no debe escapar de ese necesario debate.

Si la idea es construir formas sociales, consensos y modalidades de gestión sociopolítica más parecidas a nuestra gente, todo debe someterse a la más cruda revisión, todo debe estar sujeto a ser repensado, todo debe ser cuestionado. Si la idea es profundizar la democracia (o las formas de gobierno del pueblo) hay que repensar las reglas, sin desparpajos y sin cuidar los estilos y apariencias.

Lo importante para empezar es superar la idea errónea de la democracia como hoy la conocemos, más todavía si ella sirve para darle legalidad a la antidemocracia de las minorías privilegiadas. Pancho Villa lo dijo una vez: “Si la tiranía se hace ley, la rebelión es un derecho”. Comencemos la rebelión en las ideas, antes que nos toque emplear el derecho de armar la rebelión en las armas y en las calles.

Misión Verdad

 

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