Opinión / Noticias

Por Saúl Gómez
Miembro del EPE del PSUV y legislador del Consejo Legislativo del Estado Anzoátegui
Las redes sociales han perfeccionado el hechizo de la pertenencia. Nos seducen bajo la promesa de que somos parte de una inmensa comunidad global, una gran familia interactiva. Diseñan conectores emocionales tan potentes que parece casi imposible no amarlas: en su ecosistema nos sentimos libres, escuchados, irreverentes, rebeldes; nos convertimos en los directores y protagonistas de nuestra propia película.
Sin embargo, detrás de esta deslumbrante escenografía, opera una verdad que el algoritmo calla: somos esclavos de su tiempo y de sus creadores. El tributo que pagamos es nuestra propia vida. ¿Cuántas horas les entregamos al día? Al despertar, el primer reflejo involuntario es tomar el dispositivo para estar supuestamente «conectados», consumando el primer acto de desconexión con nuestro entorno y nuestra realidad material.
Es aquí donde se despliega el nuevo realismo mágico, el digital: esa coexistencia fluida, invisible y natural entre el cuerpo físico de carne y hueso (lo cotidiano) y la fantasmagoría de la pantalla (lo sobrenatural). Esta simulación se ha convertido en la droga perfecta de nuestra época. Su mecanismo de sumisión no es físico, sino neuroquímico:
– La trampa de la dopamina y la serotonina: Cada «me gusta», cada visualización y cada nuevo seguidor actúan como una micro-recompensa biológica. El cerebro se inunda de dopamina y serotonina, estimulando artificialmente nuestro estado de ánimo y generando endorfinas.
– El simulacro del afecto: Creemos enamorarnos, experimentando picos de oxitocina, pero la cruda realidad material es que estamos solos. Es el sujeto aislado frente a su pantalla, creyendo habitar un espacio común que no es más que una burbuja de filtro solitaria.
Este «sentido común» digital es, en realidad, un mecanismo de alienación y desmovilización política. Las redes sociales no potencian nuestra identidad; la expropian. Vacían las culturas locales para ofrecernos, a cambio, subjetividades prefabricadas en los laboratorios de Silicon Valley. Nos hacen creer que somos únicos mientras consumimos la misma mercancía existencial homogénea.
En el plano geopolítico, las corporaciones tecnológicas operan hoy como poderes supranacionales. No rinden cuentas a los Estados-nación ni creen en la soberanía popular; su modelo es una plutocracia global donde el 1% de los hombres más ricos del planeta imponen su lógica de acumulación. Utilizan la sociedad del espectáculo de Guy Debord no para informarnos, sino para anestesiarnos, perpetuando el statu quo a través del entretenimiento infinito.
Ante esta Matrix biológica y política, las preguntas finales se vuelven urgentes:
– ¿Somos realmente libres o simplemente administramos nuestra propia servidumbre voluntaria?
– ¿Dónde ha quedado nuestro verdadero sentido común, el que nace de la praxis y de la transformación colectiva del mundo real?
– ¿Hacia dónde marchamos como humanidad: hacia un destino guiado por la razón o hacia un abismo conducido por la emoción manipulada.