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30.Ago.2015 / 01:57 pm / Haga un comentario

Foto: Misión Verdad

Por: Miguel Leonardo Rodríguez

Misión Verdad

Todos estamos siendo testigos de excepción de una medida enérgica que no tiene antecedentes en la historia reciente del país frente a las amenazas permanentes por parte de la derecha y otros factores colombianos.

Las circunstancias que llevaron al compañero presidente Nicolás Maduro y la actoría de Diosdado Cabello, valiente, decidida (y quizás delicadamente expuesta, riesgosa, de instalarse en el epicentro del escenario enemigo, de mil tentáculos), hizo recordarme aquellos actos audaces de Hugo Chávez en las operaciones de rescate cuando el deslave del estado Vargas. Diosdado, tratándose del Puente Simón Bolívar, retó, encaró y asumió con plenitud la decisión del alto gobierno encabezado por Maduro y que era ya un clamor nacional para la defensa y protección del pueblo venezolano, sometido a un feroz y criminal ataque económico con expresión concreta en la frontera venezolana, teniendo como centro la ciudad de Cúcuta.

Sin duda alguna, una decisión valiente y corajuda del presidente que demuestra una vez más su resolución de defender a su pueblo contra la violencia, el desabastecimiento y el contrabando, elementos que día a día vienen desangrando al país, y que en la frontera es de importancia capital.

En días recientes escribimos sobre esa materia para alertar lo que sin ningún tipo de desparpajo se realiza a la vista del gobierno colombiano, y que en estos momentos lo menos que podrían hacer es sentarse con seriedad y conciencia bolivariana, de pueblos hermanos, en una mesa donde se tomen las medidas que hoy con total justicia reclama nuestro gobierno con apoyo irrestricto de su pueblo. Pero el gobierno colombiano no parece inclinarse a ello. Todo lo contrario: sale a la defensiva y se alinea a la posición imperial de buscar a toda costa la derrota de la Revolución Bolivariana.

En esta oportunidad, sin embargo, nos motiva escribir en momentos tan aciagos y difíciles para la paz y tranquilidad de la república sobre una situación que nos indigna al ver cómo viene siendo deformada y manipulada la verdad de los hechos por los dueños de las corporaciones mediáticas de Colombia, Estados Unidos, España, México, eje de países que definitivamente vienen creando las condiciones en favor de una confrontación en nuestro país.

Nos referimos a la matriz que intentan imponer para hacer ver esta medida justa y necesaria como una expresión xenófoba contra el hermano pueblo colombiano, y más específicamente, contra quienes viven en esta tierra desde hace muchos años. Es la treta culturalmente habitual en estos casos. Seguramente vendrán otras menos eufemísticas, más violentas, como lo intentó ser en su primera etapa el componente militar del Plan Colombia y la formación y entrada a Venezuela de las fuerzas paramilitares y el sicariato.

Los colombianos, ellos y ellas, reconocidos por esta revolución como nunca antes por gobierno alguno, son nuestros hermanos y así seguirá siendo por siempre, a pesar del desmedido y desproporcionado ataque que se nos hace con intenciones politiqueras buscando el quiebre de la revolución.

Lo más lamentable de todo esto es que ciertamente logran incidir con ese mensaje de guerra psicológica en parte de esa población hermana que vive entre nosotros, que los sentimos nuestros y que nuestro gobierno ha desplegado todo tipo de apoyo sin distingo alguno entre dos hermanos que hemos nacido en dos países también hermanos, liberados por un mismo padre, el Libertador Simón Bolívar.

Desde hace muchos años nos apoya en casa una hermana colombiana con algunas tareas que semanalmente realiza con eficiencia y dedicación. Será tan de nuestro entorno que llega y sale con total autonomía una vez realizada sus labores. Recibe de nuestra parte toda la confianza y aprecio porque, como la mayoría de nuestro pueblo, no sentimos diferencia alguna entre los seres humanos que habitamos este planeta, y menos aún con los que compartimos esta tierra de gracia.

Esta semana, luego del saludo que siempre afectuoso nos damos el día que con puntualidad va a mi casa, decidí llevar como tema de conversación la situación que estamos viviendo en la frontera, así como en otras ocasiones hemos compartido opinión sobre temas del acontecer político nacional e internacional. Se quebró mi alma al ver salir de sus ojos lágrimas por lo que para ella era muy doloroso saber estaban pasando sus compatriotas. Por supuesto decidí abrazarla y ahondar sobre la materia y conocer el porqué de su tristeza, a pesar de comprender su preocupación.

Me decía que le daba mucho sentimiento ver las imágenes de televisión en medios colombianos, donde se mostraba la salida en grupos numerosos y del trato que supuestamente le estaban dando nuestro gobierno, a gente buena y en dificultades. Por supuesto, nunca informarán de todo lo que allí se desarrollaba en contra del país que le ha dado abrigo por más de 30 años, y menos de las actividades de violencia, contrabando, prostitución, matraqueo, bachaqueo y todo lo que se pueda uno imaginar del mal vivir, en ese sitio fronterizo llamado “La Invasión”.

Y aún más: aquellas imágenes de personas que cruzaban el río Táchira hacia el lado colombiano con todos sus aperos que tanto se promovieron en todos esos medios, no eran las personas que el Gobierno Bolivariano llevaba al otro lado de la frontera, sino personas que decidieron cruzar voluntariamente de esa forma, fuera del dispositivo rigurosamente ejecutado por Venezuela para llevarlos por el Puente Internacional Simón Bolívar, en donde se veló con disciplina y con sus derechos humanos protegidos.

Ahí está la verdad del problema, le explicaba, y así fuimos entrando en la profundidad de la verdadera situación que ha generado una medida ciertamente necesaria en aras de recuperar la soberanía en un territorio que bien pudiéramos decir que está exclusivamente reservado para la planificación y ejecución de acciones paramilitares en nuestra patria. Fue ella misma quien luego me confesaba el descuido, el desprecio, la no atención de su gobierno por tantos de sus paisanos aquí. Que nunca se habían ocupado de ellos y ahora hasta aparecían en la frontera como un supermán colombiano en salvaguarda de la gente de la que nunca se han ocupado.

“Son unos demonios que ahora se aprovechan para atacar sin misericordia a Venezuela, en vez de dedicarse a resolver las penurias por las que está pasando mi pueblo”, dijo ella. Llegué incluso a formularme la siguiente reflexión: ¿por qué si lo que dicen de Venezuela de que aquí se vive una de las más horrendas dictaduras, y no se puede vivir por la situación económica, siguen pasando diariamente miles de ellos? No vaciló en responder: “porque donde no se puede vivir realmente es en Colombia. Este país, además de recibirnos, nos ha dado oportunidades para el trabajo y la vida digna, sin la violencia de una guerra que se ha extendido por más de 50 años, y una nueva forma de violencia, con menos años, pero más cruel y horrenda, la que actualmente llevan a cabo grupos paramilitares”. “Allá no se puede vivir”, puntualizó y repitió un par de veces.

Así son las cosas. Justamente como las expresa esta hermana colombiana. Pero la maldad no podrá imponerse sobre el bien. Por más poder mediático internacional que tengan, el mundo debe saber la verdad, y hoy tanto venezolanos como hermanos colombianos debemos ser defensores de lo que por muchos años pasó desapercibido, pero que gracias a la valentía del presidente Maduro se ha puesto en evidencia la irresponsabilidad y complicidad de todos los gobiernos colombianos para que la situación haya llegado hasta este punto. No es un gobierno, se trata de un pueblo, bolivariano además, que ha decidido vivir en paz, y necesario es tomar las medidas hasta las más complejas y hasta las últimas consecuencias en defensa de su pueblo.

 

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