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26.Jul.2016 / 11:05 am / Haga un comentario

Foto: Archivo

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La hambruna es el nuevo castigo divino que recibe Venezuela por el pecado de hacer una Revolución. Para algunos, se trata de un cuadro social caracterizado por la escasez generalizada de alimentos básicos que padece una población de forma frecuente y prolongada. Y allí enmarcan a nuestro país.

Desde un enfoque social, la hambruna es una situación de altísima miseria y desigualdad, mediante la cual gran parte de la población no puede acceder a los alimentos. La hambruna no es más que la falta explícita y directa de alimento para la gran mayoría de la gente, y es por ello un tema político esencial: es producto de la desigualdad económica y social extrema, y por tanto (según Marx y Agustín Otxotorena) nunca es padecida por los sectores pudientes.

Hay dos razones básicas por los que un país puede caer en una situación de “hambruna”: o porque los alimentos no están disponibles, o porque existen, pero la mayoría no puede pagarlos. Ninguna es aplicable completamente a Venezuela. Así que una cosa es tener hambre y otra estar en hambruna. Una se quita comiendo, la otra se borra cambiando el orden social.

En su rol de Caballo de Troya de la guerra económica, los medios se empeñan posicionar la “hambruna” porque el término “africaniza” la lectura de Venezuela y sirve de comodín para cimentar otra idea clave que se necesita para promover una intervención: “la crisis humanitaria”.

La hambruna funciona así como el elemento identificador de la supuesta crisis humanitaria, cuya “gravedad” obliga a la comunidad internacional a una acción preñada de buenas intenciones: una intervención también “humanitaria”. Por eso, el paseo sifrino hacia Cúcuta es vendido como “corredor humanitario”.

Por esa vía, las perturbaciones reales que existen en el sistema de producción, distribución, importación, comercialización y consumo de alimentos; es decir, los problemas de escasez, desabastecimiento, acaparamiento, contrabando, bachaqueo, corrupción y desinversión, que existen, y que afectan el acceso regular a los alimentos básicos, son convertidos en un nuevo proyecto de apocalipsis.

No hay base estadística seria para afirmar que exista hambruna en Venezuela. La FAO define el hambre como sinónimo de desnutrición crónica, ésta  —a su vez— como el proceso por el cual las reservas orgánicas que el cuerpo ha ido acumulando mediante la ingesta alimentaria se agotan debido a una carencia calórico-protéica.

Venezuela ha sobre cumplido las metas nutricionales dentro de los Objetivos del Milenio. Ha sido catalogada como nación que provee seguridad alimentaria a más de 95% su población. Ese estatus ha sido perturbado por la guerra económica, es cierto, pero no ha cambiado en lo estructural.

Venezuela no está en el mapa del hambre según la FAO, y se ubica en el mismo nivel de los países desarrollados (menos de 5% de la población se encuentra subalimentada). Sí están en el mapa, en cambio, Colombia, Perú, y Paraguay con porcentajes que van entre 5 y 15%.

Hambreadores sí hay. Bastantes. Y estos zamuros, estos mercaderes del templo, están al acecho. A la caza de negarle el alimento al pueblo y privatizar el derecho a la alimentación, derecho humano devuelto a nuestro país por Chávez y la Revolución Bolivariana.

Por: William Castillo Bollé

 

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