Luis Britto García / Noticias / Opinión

10.Oct.2016 / 12:55 pm / Haga un comentario

Foto: Archivo

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Que un electorado vote por la guerra no democratiza el exterminio; extermina la democracia.

El 65% del electorado se abstuvo para no elegir la muerte; ésta ganó con el 0,4% de ventaja entre quienes sufragaron y con un número inferior de votos a los que resultaron nulos; ganó en las zonas menos castigadas por la guerra: vale decir, el horror es aceptable mientras afecte a otros.

52 años de desesperado combate no empiezan ni se mantienen sin motivos, sino por una paz tan atroz que hace parecer preferible la guerra.

Lo que se debió pactar no fue el término del conflicto, sino el de las condiciones sin las cuales éste no existiría.

Veamos cifras de la CEPAL para 2006, en la época más cruenta de la contienda: el 49,2% de los colombianos está bajo la línea de pobreza, el 14,7% en condiciones de pobreza extrema y la pobreza rural asciende al 68,2%. Entre niños y adolescentes la magnitud de la pobreza e indigencia es del 62%, discriminada entre 45% de pobres y 17% de indigentes.

Hacia 2010 el 3,4% de los niños menores de 5 años sufría de desnutrición global, y hasta el 13% padecía de desnutrición crónica. Para 2015, el Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas admitió que 27,8% de la población era pobre, y 7,9% estaba en pobreza extrema. La tasa de desempleo era de 8,9%, con un elevado sector informal. Son cifras oficiales, quizá optimistas. El Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos arruinó multitud de agricultores y empresas locales, y desencadenó una tormenta de protestas sociales.

Estas condiciones no han mejorado: para 2016, después de Honduras, Colombia, con un índice de Gini de 53,5%, es el país con mayor desigualdad de América Latina, la cual es a su vez la región más desigual del planeta.

Para mantener la injusticia, se extermina a sus víctimas: medio siglo de conflicto arroja un cuarto de millón de muertos; en cinco años se cuentan cerca de 50.000 desaparecidos; unos siete millones de campesinos son “desplazados” de sus tierras que después se reparten las oligarquías y las transnacionales.

El conflicto sirve de pretexto para mantener un desmesurado ejército de medio millón de efectivos. También, para la proliferación de paramilitares, paratraficantes, parapolíticos, paraempresarios, parasicarios.

Con el conflicto se agrava el lenguaje. Un léxico de pesadilla introduce palabras monstruosas: carteles, vacunas, serenatas de despedida, falsos positivos, casas de pique, narcopolítica, Águilas Negras, fosas colectivas, corbatas neogranadinas.

Según el presidente Maduro, 5.600.000 colombianos viven en Venezuela, quizá porque encuentran en ella mejores condiciones que en su propio país.

¿Puede haber paz en un país ocupado? ¿Cesa el conflicto mientras se mantienen 9 bases estadounidenses y millares de soldados ocupantes y agentes de la DEA, cuyos efectivos extranjeros son inmunes a las leyes colombianas e invulnerables a los tribunales que las aplican?

Cada desarme de un grupo insurgente ha sido seguido de su exterminio; en las últimas semanas se ha iniciado una liquidación masiva de disidentes incluso antes del referendo.

Démosle un chance a la justicia, que ella se lo dará a la paz.

 

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