Luis Britto García / Noticias / Opinión

14.Jul.2016 / 10:50 am / Haga un comentario

Francisco de Miranda.

Héroe de tres revoluciones

El 9 de noviembre de 1786 un americano entra en Rusia desde Constantinopla, por Jerson, con el propósito de convencer a las más altas autoridades del país de que apoyen un proyecto que puede cambiar la configuración del mundo. No es un americano ordinario: combatirá en tres continentes, África, América y Europa, y participará con brillantez en tres revoluciones: la Estadounidense, la Francesa y la Latinoamericana.

El venezolano Francisco de Miranda, en efecto, tras pelear en la defensa de la fortaleza de Meilla en 1775, ha acompañado en el regimiento Aragón en 1781 al general Juan Manuel Cajigal en la dirección de las tropas españolas que estrechan el  sitio sobre Pensacola. Para el momento Francia y España, monarquías absolutistas, ayudan la causa de los rebeldes norteamericanos en contra de la monarquía inglesa (Robertson:18-31).  Miranda está de corazón con los insurrectos de Nueva Inglaterra. Algún día, piensa, la América ibérica seguirá igual camino. Sólo que en vez de recorrerlo sobre un estrecho cinturón de colonias atlánticas, dispondrá para ello de todo el territorio del imperio ibérico en el Nuevo Mundo.

La unidad republicana y democrática de América Latina

El criollo Francisco de Miranda planifica una potencia latinoamericana independiente de talla continental: “en la parte norte, la línea que pase por el medio río Mississippi desde la desembocadura hasta la cabecera del mismo y partiendo de ella siguiendo la misma línea recta en dirección del oeste por el 45° de latitud septentrional hasta unirse con el mar Pacífico. Al oeste, el Océano Pacífico desde el punto arriba señalado hasta el Cabo de Hornos incluyendo las islas que se encuentran a diez grados de distancia de dicha costa. Al este, el Océano Atlántico desde el Cabo de Hornos hasta el golfo de México y desde allí hasta la desembocadura del río Mississippi. No están comprendidas en estas demarcaciones Brasil y Guayana”. Excluye a Brasil por soslayar posibles conflictos con la monarquía portuguesa y sus protectores ingleses; a Guayana, por no ampliar el conflicto con los franceses. La capital del nuevo cuerpo político estará el centro geográfico y estratégico de Panamá.  Colombia, como  bautiza a su ciclópeo proyecto, no sólo implicará un vuelco geopolítico: también supone un giro político de magnitud equiparable. Enarbola la ecumenicidad de la Razón. No se limita a desligar un mundo de las cadenas que lo atan a las antiguas coronas: osa aniquilar el concepto mismo de monarquía; cambia al súbdito en ciudadano y transmuta a éste en soberano. En el segundo proyecto de la Colombia mirandina, tanto el poder Ejecutivo, integrado por dos Incas, como  su cuerpo legislativo compuesto de representantes  nombrados por Asambleas Provinciales o Amautas, serán alternativos y electivos. Para perfeccionar su plan  redacta apuntes sobre la América Española, en los cuales asienta el “total del número de almas”, que estima en once millones, la población de las principales ciudades, los productos, el valor de las mercancías que importa de Europa, la Fuerza militar y marítima (Miranda: 47-125). Según comenta Christian Ghymers “este filósofo epicúreo, al origen de la emancipación hispanoamericana, este mártir de la independencia de Venezuela fue el primero en proponer una constitución democrática para el conjunto integrado de los pueblos latinoamericanos y en concebir instituciones locales compatibles con un gobierno supranacional” (Ghymers: 35).

El hombre universal

Para avanzar su designio titánico, Francisco de Miranda emprende la tarea no menos desmesurada de forjar al ser capaz de cumplirlo. Proyectos planetarios requieren hombres universales. Así, apunta que “La experiencia y conocimiento que el hombre adquiere, visitando y examinando personalmente, con inteligencia prolija el gran libro del universo, las sociedades más sabias y virtuosas que lo componen, sus leyes, gobierno, agricultura, policía, comercio, arte militar, navegación, ciencias, artes, etc., es lo que únicamente puede sazonar el fruto y completar en algún modo la obra magna de formar un hombre sólido” (Miranda: 92).

El aguerrido oficial llega a dominar todas y cada una de estas disciplinas; fulgura en las cortes, los campos de batalla y los escenarios políticos de tres continentes (Grisanti:11). Conspira en las logias donde se refugia el pensamiento ilustrado; deslumbra al fisiognomista Lavater por la nobleza y la expresión de su rostro (Picón-Salas: 56-57).

Rusia y el Imperio español

Al entrar en Rusia, el príncipe Viazemski lo pone en contacto con el ministro Potiomkin, quien a su vez lo invita a Kiev y lo presenta a la emperatriz Catalina II de Rusia. Los mandatarios escuchan con atención los proyectos de Miranda. En 1784, el mercader Shelejov fundó un pueblo en Kodiak, cerca de Alaska, con la idea de avanzar hacia California. En 1779, los españoles avanzaron hasta el paralelo 59° y declararon suyas todas las tierras al sur. En 1786 Golikov, un socio de Shelejov, había convencido a Catalina de la importancia de afirmar los intereses rusos en la región, y ésta fletó para ello una flotilla con cuatro fragatas y un transporte. Por otra parte, para la época España estaba aliada con Francia y ésta se oponía a los planes rusos de ejercer hegemonía sobre Turquía. Un plan que pudiera expulsar el poderío español de América y del Pacífico resultaba del mayor interés para Rusia.

Coronel del ejército ruso y peligro para el Imperio español

Así, en  San Petersburgo en 1787 Francisco de Miranda sostiene coloquios con la zarina Catalina la Grande en los que “Hablóse de América, su posición geográfica, historia natural, animales, de sus antiguedades, etc”. Cuando  la zarina le comenta que según el Encargado de Negocios de España el americano es “persona  peligrosísima al Imperio”, Miranda responde “que, si el Imperio Español estaba en peligro por mí, en ninguna parte podría yo estar mejor que en Rusia, pues era estar a la mayor distancia”(Miranda:44-47). Para proteger al americano del diplomático español,  Catalina II le confiere el grado de coronel del ejército ruso y le  ofrece la posibilidad permanecer a su servicio, pero Miranda es el infatigable canciller de una república que todavía no existe, y debe partir para continuar asistiendo a su gestación. El gobierno ruso apoya a Miranda con 2.000 guldens e inapreciables cartas de recomendación para sus agentes diplomáticos en París, Viena, Londres y La Haya. Y allá va, para construir un mundo.

 

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