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Por: Carles X. Senso Vila
El fascismo se ha convertido en mainstream. Santiago Abascal contaba a mediados de septiembre de 2020 con 727.000 seguidores en Instagram. Casi insignificantes comparados con los 865.000 de Benjamín Netanyahu, los 2,2 millones de Matteo Salvini o el 1’2 millones de Boris Johnson. Jair Bolsonaro se iba a los 17’6 millones. Donald Trump a los 21’7 millones. Con bastante menos fuelle quedaban otros como Viktor Orbán con 77.800 seguidores, Jeanine Áñez con 167.000, Marine Le Pen con 155.000, Geert Wilders con 150.000 o Nigel Farage con 145.000. Todos (completamente todos) han crecido en seguidores en los últimos meses.
Un fascismo mainstream aupado en la red social preferida por los jóvenes de menos de treinta años y también, no lo negarán, por un buen número de bots o cuentas falsas compradas para parecer lo que no eran y han acabado convirtiéndose: voces con derecho a ser escuchadas por la supuesta representación de las masas. Pero, evidentemente, no es Instagram una excepción.
El fascismo mainstream se ha valido de la avaricia monetaria de las plataformas tecnológicas para introducir sus mensajes en la sociedad. Sin filtros durante muchos años. Provocando, con la complicidad también de una parte del periodismo y la clase política tradicional, una polarización social de calado histórico y con un peligro intrinseco todavía por evaluar.
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