Noticias / Opinión / Roberto Hernández Montoya

11.Jul.2016 / 12:49 pm / Haga un comentario

Foto: Archivo

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¿Por qué los guasones lo llaman ahora Norteamérico Martín?

Siempre me he preguntado qué se siente al saltar la talanquera hacia un bando antagónico. Da grima ver cómo quienes lo han hecho injurian con tanta saña los principios que profesaron con la misma saña. No es mera rectificación, que no solicita tanta pasión. Si cogí el autobús equivocado corrijo y ya, sin rencor, sin furia, sin arrebato. A menos que uno haya matado gente.

Porque ahí está el punto: lo que hacen personas como Martín es ardiente: su opción política de juventud en favor de la lucha armada implicaba matar, nada menos. No fue que se equivocó en la moda de verano o sobre quién ganaría la Copa América. Tomar las armas puede ser honroso pero se vuelve patético cuando uno se arrastra ante la gente que llamó a ultimar. Es como si el Papa predicase que quien tiene razón es Belcebú y no Cristo Jesús. Ponle. Quién sabe, las doctrinas pueden llevar a tal. Pero esas volteretas suelen tener consecuencias catastróficas, trágicas, cuando hay tiros. Norteamérico convocó a cierta juventud para la guerrilla y la torturaron, mataron o en el mejor de los casos invirtieron su mocedad en eso. Un poquito de pudor, ¿verdad? Pedir perdón de rodillas, por ejemplo.

El peor castigo para quien traiciona es vivir para siempre entre gente dada a la traición, con pesadillas y despertares sobresaltados. Solo conjeturo porque no sé qué pasa en esas mentes, pero a juzgar por la amarga histeria con que vociferan, «se parece igualito» al despecho. Desde el despecho se despotrica del viejo amor con ira y por eso cuando la policía se halla ante un asesinato de 34 puñaladas, o más, sospecha de un crimen pasional.

Por eso me pareció lastimoso el discurso de orden de Américo Gregorio ante la Asamblea Nacional el 5 de julio pasado. Primera razón: pronunciarlo en ocasión de la Independencia ante descarados que promueven una invasión devastadora tipo Libia. Segunda y peor: fue un buen discurso, de esos con los que honra estar en desacuerdo. Serio, estudioso. O sea, un desperdicio. Contradictorio, eso sí: Hay que dialogar con esa cuerda de víboras, o algo así dijo. Y más cómico fue verlo sudar por halagar con refinados argumentos a los peces gordos que en su juventud trató de asesinar.

 

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