Héctor Rodríguez Castro / Noticias / Opinión

12.Jun.2019 / 12:47 pm / Haga un comentario

Foto: Cortesía

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Por: Héctor Rodríguez

Los dos guerreros más poderosos son la paciencia y el tiempo, escribió el novelista ruso Lev Tolstoi, y esos guerreros forman parte de este ejército extraordinario que es Venezuela, porque en esta tierra cuando hablamos de guerreros no sólo nos referimos al pueblo en armas, sino a todos nosotros, mujeres y hombres, niños y adultos, urbanos y rurales; a todos los que amamos esta patria y salimos cada día a luchar, a estudiar, a trabajar por nuestras familias y por nuestro país.

Somos los negros que nos convertimos en libertos cuando huimos hacia los cumbes y rochelas; somos los blancos criollos que hicimos frente a los ejércitos coloniales; somos los indígenas que no nos dejamos someter por la cultura foránea; somos los mestizos, zambos y mulatos. Los pardos en general, que formamos la gran mayoría de habitantes de esta nación tropical y que nos caracterizamos, entre muchas otras cosas, por ser pacientes.

Tan pacientes somos que en los últimos 20 años han tratado de vencernos, de doblegarnos usando sin interrupción, una tras otras, múltiples estrategias de guerra con las que han logrado destruir otras sociedades y naciones a lo largo y ancho del planeta. Así se intentó destrozarnos utilizando los métodos de las llamadas revoluciones de colores, implantadas dentro de algunos países ubicados tras lo que fue la cortina de hierro en Europa Oriental, a partir del año 2000.

Todas esas “revoluciones” tienen características comunes: comienzan con protestas gestadas en el seno de algunas organizaciones no gubernamentales y movimientos estudiantiles con respaldo de organismos que aparentemente “defienden la democracia y la libertad” en Occidente. Por lo cual reciben un marcado apoyo económico.

Podemos citar: la de las Rosas en Georgia, en 2003; la Naranja en Ucrania, en 2004; la de los Tulipanes en Kirguistán, en 2005; la del Cedro en el Líbano, en 2005; y la de los Jazmines en Túnez, en 2010. En muy poco tiempo, tres o cuatro meses cuando mucho, en cada caso se logró socavar la confianza y unidad de esos pueblos, y pusieron a pelear a hermanos contra hermanos. Para lograrlo sacaron provecho de algunas características propias signadas por una larga vida de conflictos, odios sin perdones, violencia racial y hasta sexual.

En Venezuela, las autodenominadas organizaciones no gubernamentales (ONG), fueron la cobertura para introducir dinero que financió y aún financia la violencia,  utilizar medios, azuzar a las comunidades a cometer acciones inclusive fascistas. Desde sus trincheras hablaron de hordas, luego de círculos bolivarianos, después de colectivos. Atacaron los servicios, se ensañaron con las necesidades femeninas desapareciendo hasta las toallas que requieren durante sus ciclos menstruales. Después fueron por los niños, les quitaron la leche y las vacunas. Siguieron con los adultos mayores y sus medicamentos.

La guerra de desgaste se inició en 2001 teniendo como blanco principal  a nuestro máximo líder, el comandante Chávez, indudablemente con el propósito de que dejáramos de creer en él y que nos rindiéramos. Y, sin embargo, pese a su partida física, e indudablemente siguiendo su huella, nuestra resistencia  continúa.

Hace cuatro años se triplicaron los ataques al Gobierno: se le acusa a diario de corrupción, ineficiencia, ilegalidad. Pero aquí, casi nadie, a excepción de aquellos a quienes el miedo, el odio y el egoísmo controlan, es capaz de levantar la mano contra sus hermanos. Ninguna estratagema de cualquier color,  ninguna presión económica ha logrado sacarnos de nuestra calma, ninguna ha vencido nuestra paciencia o debilitado nuestro aguante.

El tiempo, ese todopoderoso que enfrenta Bolívar en el Monte Sacro, en esa especie de delirio donde el Libertador se reconoce como un humilde mortal, se complementa con nuestra paciencia, y sin desesperarnos nos mantenemos firmes, utilizando al dios Cronos como un aliado para resquebrajar la impaciencia del enemigo.

En vez de irnos de bruces, esperamos, serenos, porque tenemos más de cinco siglos soportando la violencia colonialista de los europeos primero, y de los Estados Unidos después. Cualquier sacrificio vale construir las condiciones para lograr como pueblo, la mayor suma de felicidad posible.

La paciencia, el humor áspero pero sabroso y la filosofía de sacar de las vivencias más traumáticas aprendizajes de vida, es decir la resiliencia, nos explica el porqué hemos aguantado tanto, en el laboratorio social de guerra más grande del mundo, donde más allá de cualquier líder está un pueblo decidido a ser libre, vivir en paz y ser verdaderamente felices. Eso somos y allí está nuestra carta del triunfo.

 

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