Opinión

5.Jun.2026 / 01:33 pm / Haga un comentario

Por Irán Aguilera

Una caricatura que rueda por las redes ilustre muy bien el actual drama político continental: en el televisor, el presidente Gustavo Petro afirma que “el rico debe aprender a pagar impuestos y a no quitarle al pobre”; pero frente al aparato, en su rancho, un hombre rodeado de todas las carencias le responde con rabia: “maldito Petro”. Esta imagen dice mucho sobre los fenómenos electorales de la región, donde la manipulación logra que el explotado defienda al explotador.

 

Es la crónica de una muerte anunciada —diría Gabo—. Así se explica cómo auténticos esperpentos capitalizan el descontento presentándose como la “antipolítica”. No son fenómenos espontáneos; son contrabandos de la derecha global.La lista es larga: desde Fujimori y Berlusconi, pasando por Macri, Bolsonaro, el mismo Uribe en sus inicios, hasta los impresentables Bukele y Milei, todos cortados con la misma tijera al estilo Trump.

 

Sería fácil, pero evidentemente que injusto, culpar al pueblo. Las grandes mayorías son víctimas de un ablandamiento mediático y psicológico intenso para domesticarlas. Los poderes fácticos preparan así el terreno para que entren en escena estos supuestos outsiders. Luego, la maquinaria hace creer que llegan por sus cualidades personales, ocultando que son productos de laboratorio, construcciones artificiales de una política de largo aliento del imperialismo. Son, en esencia, marionetas manejadas por los hilos del gran capital.

 

Sin embargo, la culpa no es solo de la acera de enfrente. Existe una profunda crisis en un tipo de izquierda mundial que parece sufrir de miopía política; esa izquierda cree que basta con administrar el aparato del Estado burgués, olvidando y hasta marginando la participación del pueblo organizado; en otras palabras, practica solo democracia liberal creyendo que en esto puede ser mejor que la derecha que la inventó. Ahí radica la diferencia sustancial entre tal izquierda y el chavismo, al que pretende darle consejos, y que incluso atacó de manera oportunista en momentos críticos, aunque los pueblos siempre fueran solidarios.

 

El comandante Chávez enseñó que el verdadero poder revolucionario está en la organización comunal y popular, y que el estado en manos revolucionarias debe servir de herramienta de ese Poder Popular. Esto es lo que le ha permitido a la Revolución Bolivariana enfrentar de pie pruebas extremas, desde guerra económica, bloqueos y sanciones, pasando por golpes de Estado hasta la criminal agresión militar imperialista del 3 de enero, con la cual fue secuestrado el presidente Nicolás Maduro y la primera combatiente Cilia Flores.

 

Sin el pueblo en la calle y empoderado, cualquier proyecto progresista queda huérfano. Ojalá las fuerzas populares del hermano pueblo colombiano superen el actual desafío; de lo contrario, la historia repetirá allá otro ciclo de engaños y represión criminal como ya lo vemos en Argentina, Ecuador y Chile.

 

palcarito@gmail.com

Barcelona/Edo. Anzoátegui

 

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