Noticias / Opinión / Richard Canan

4.Oct.2018 / 09:33 am / Haga un comentario

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Como era de esperarse el inestable Donald Trump se apareció en la sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas cargado con un tremendo mazacote de posturas contradictorias y hasta antagónicas entre sí. Expuso la lógica imperial de dominación y sus modos de relacionarse con el resto de las naciones del orbe, donde sus intereses militares y comerciales privan por sobre la ley y las normas internacionales. Hablamos de su enorme inmoralidad, a la hora de erigirse como comisario, juez y verdugo del mundo. Con su balanza rota, acusando implacablemente a unos o haciéndose la vista gorda con otros.

Con la prepotencia que caracteriza a este empresario-presidente (que cree que vive permanentemente en un Reality Show), arrancó su discurso ante un auditorio escéptico y burlón cuando soltó que bajo su breve mandato “ha logrado más que casi ninguna otra administración en la historia de Estados Unidos” ya que “la economía del país florece” bajando los niveles de desempleo. La burla de los expertos no se hizo esperar, recordando a los más de “40 millones de personas viven en la pobreza extrema” dentro de ese país. El próspero paraíso que relata Trump parece que solo abarca a la cúpula empresarial del imperio norteamericano, cuna del capitalismo neoliberal más excluyente y desigual de la historia de la humanidad.

No hay forma de entender este arroz con mango. Frente a los representantes de la Organización de las Naciones Unidas dijo con descaro que “rechazamos la doctrina del mundialismo y hacemos nuestra la doctrina del patriotismo”, todo un verbo quejoso para justificar sus ataques (y en algunos casos el retiro de financiamiento y membresía) en contra del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, en contra de la UNESCO, en contra de la Agencia para los Refugiados Palestinos, y su repudio total hacia la Corte Penal Internacional. Trump es todo un patán y estas acciones contra organismos culturales y de defensa de los Derechos Humanos bien hablan de su escaso nivel ético y moral.

En sus contradicciones y arrebatos volvió a soltar sus anodinos argumentos proteccionistas, contrario a la apertura liberal de los mercados que exige a los demás. Trump declaró falsamente (un nuevo Fake) que “creemos que el comercio debe ser justo y recíproco”, eso sí, siempre que el intercambio comercial sea en beneficio exclusivo del imperio norteamericano. Sobre la base de lo elevado de su propio déficit comercial, atacó a la Organización Mundial de Comercio diciendo que sus socios “violan todos los principios que son la base de la organización”, en ataque directo contra China, con la cual mantiene una milmillonaria disputa comercial, mediante la imposición unilateral de elevados aranceles a productos que tradicionalmente formaban parte de la canasta comercial de ambos países. Estas medidas igual las aplicó el desaforado Trump en contra de sus supuestos aliados como la Unión Europea, Canadá o el perrito faldero de Peña Nieto en México. Su falaz discurso de comercio justo llega hasta las puertas de la OPEP, la cual, según Trump, “está acabando con el resto del mundo”, seguramente por no subordinarse a los intereses energéticos del imperio norteamericano.

Como un carrito chocón empezó a atacar a todos sus supuestos adversarios políticos (imaginarios o no). Erguido, parecía que le hablaba a sus enardecidos seguidores, en alguna convención del partido Republicano. Pero no, frente a los diplomáticos de la ONU, contó tantas mentiras que la nariz no le dejó de crecer. Y se ponía más anaranjado que nunca.

Así soltó parte de su verbo, con lágrimas a punto de brotar, pidiendo a los otros países “defender la democracia y la soberanía de las naciones”. Temas donde justamente el imperio norteamericano está en más deuda con la humanidad. En el caso de Siria, incapaz de reconocer la injerencia y responsabilidad de Estados Unidos por el financiamiento, armamento y entrenamiento de los grupos terroristas responsables de “sembrar muerte y destrucción” en toda la región. Trump tiene manchadas las manos de sangre ante todos los desmanes cometidos por Estados Unidos en Siria, Afganistán, Irak, Libia y Yemen.

Incluso al referirse a los extraordinarios avances para lograr la paz y el plan de desnuclearización en la península coreana, Trump señaló, garrote en mano, “que las sanciones continuarán hasta que se lleve por completo el programa de desarme nuclear”. Que extraña forma de irrespetar a su contraparte en la mesa de negociación.

El discurso barato y doloso de míster Trump de “no injerencia en asuntos internos” queda sepultado bajo las acciones de soberbia imperial aplicadas en contra de Venezuela. Nada de respeto a nuestra soberanía. Están actuando muy al estilo del golpe de Estado contra Allende, auspiciado totalmente por Estados Unidos en los años setenta. Como un Déjà vu, vemos públicamente a los atiborrados funcionarios de la nomenclatura norteamericana reuniéndose con las ánimas en pena de la paupérrima oposición venezolana. En el mero centro de Washington “despacha” un grupo de payasos-magistrados totalmente fuera de la ley, usurpando funciones en el circo llamado TSJ en el Exilio. Y para rematar, en la propia Casa Blanca, los halcones y perros de la guerra se reúnen con supuestos militares venezolanos, puros charlatanes sin mando ni tropa, con los cuales planifican magnicidios e invasiones militares. Todas vías violentas, de sangre y muerte. Todo a espaldas del ejercicio democrático del pueblo venezolano.

Porqué Trump no habló en la ONU de estas agresiones o del bloqueo económico, financiero y comercial que le impide a un país independiente y soberano como Venezuela comprar normalmente alimentos, medicinas y bienes de capital. La “restauración” que pretende Trump es de los privilegios de la burguesía parasitaria venezolana. Solo es un juego de intereses. Trump necesita perros falderos como Macri, Piñera, Peña Nieto o Duque. Cachorros que se subordinen a sus designios imperiales.

Richard Canan

Sociólogo

@richardcanan

 

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