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25.May.2018 / 01:33 pm / Haga un comentario

Foto: Misión Verdad

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Por Juan Manuel Mendoza

Misión Verdad

Creo que es muy pronto para hacer un análisis de lo ocurrido este 20 de mayo, pero es necesario hacer un brevísimo recuento de cómo llegamos a esta victoria.

Victoria que debemos recalcar, pues era altamente difícil bajo las condiciones establecidas desde los manuales de guerra aplicados en suelo venezolano. Desde ahí nos impusieron un campo de batalla, donde ellos dominaban absolutamente todos los puntos ventajosos.

Son pocos los registros recientes de gobiernos y pueblos que soporten las condiciones sociales, políticas y económicas impuestas al pueblo venezolano durante los últimos cinco años. ¿Cómo fue posible? Para responder esta pregunta, tenemos que voltear la mirada primero hacia el presidente Maduro, y luego hacia nosotros como pueblo.

Por allá en 2013, enero y febrero, el entonces vicepresidente Nicolás Maduro denunciaba tempranamente que el alto gobierno manejaba información sobre una gran ofensiva económica que se estaba preparando contra la República Bolivariana de Venezuela, dirigida desde el Departamento de Estado gringo y el Pentágono, con la finalidad de estrangular al Gobierno venezolano, y así reducir su capacidad de maniobra.

Una serie de eventos se desencadenarían a partir de ese momento: la muerte del Comandante Chávez, la caída de los precios del petróleo, el ataque a la moneda, el bachaqueo, la especulación, el contrabando de extracción, la derrota de los países aliados en el continente, el cerco político y comunicacional contra la Revolución. En fin, toda una estrategia de desprestigio del proyecto político chavista, el cual rindió su primer triunfo el 6 de diciembre de 2015, con la aplastante derrota de las fuerzas revolucionarias en las elecciones parlamentarias.

La estrategia había funcionado. El directorio comandado por el presidente Maduro, al percatarse de esto, debió haber intuido que, de seguir por ese camino, en cualquier elección que ocurriera de esa fecha en adelante, seríamos derrotados. ¿Qué hacer? Estaban imponiéndonos un escenario en el que la población, afectada por decenas de adversidades y por una campaña mediática que estigmatizaba al Gobierno como único y principal responsable, empezaba a mover la balanza hacia la derecha.

Bajo esas condiciones, ninguna campaña emprendida por nuestra parte sería exitosa, no eran condiciones normales, y esto dejaba dos opciones al Gobierno: aplicar medidas fuera de la Constitución para darle una parado a las fuerzas subversivas, o llevarlas hacia un escenario en el que no tuvieran la ventaja estratégica.

El primer escenario tal vez sería el más sencillo de asumir y el menos traumático (en el corto plazo para la población), pero también era el menos recomendable. En casi 20 años de existencia de la Constitución nacional, el Gobierno nunca la había irrespetado, y hacerlo sería darle la justificación al enemigo para terminar de patear la mesa.

El segundo escenario era el más complejo, porque las condiciones a las que seríamos expuestos los de a pie pondrían a prueba nuestra capacidad de aguante, dignidad y entereza para comprender el momento histórico que estábamos viviendo. Además, implicaba una batalla de largo aliento, porque aunque serviría para reducir la superioridad del enemigo, también afectaría a nuestras fuerzas ya diezmadas el 6 de diciembre de 2015.

Envalentonados, inició el año 2016 con el anuncio de la salida del ejecutivo en los primeros seis meses. La destrucción controlada del aparato económico rentista incrementó, la desaparición de productos específicos se amplió, el encarecimiento escalonado se aceleró, el ataque a la moneda se hizo definitivo con la extracción del papel moneda y la banca saboteando los telecajeros y prestándose para operaciones de lavado de dinero desde Cúcuta, con lo que inflaban de forma vertiginosa el valor del dólar.

Mientras tanto, el Gobierno, a lo interno, a través de programas sociales inició un procedimiento de protección de sus bases, y a lo externo desarrolló una campaña diplomática para contener los ataques de Estados Unidos.

Esto dio como resultado que los lapsos ofrecidos por la fuerzas reaccionarias empezasen a no cumplirse. Transcurrieron los primeros seis meses de 2016 sin lograr salir del Gobierno. Cabe destacar que tenían todas las posibilidades de tomar todos los poderes, ya que pudieron iniciar el procedimiento de referéndum revocatorio en los lapsos establecidos y en diciembre de 2016 podían nombrar a dos rectores del CNE; solo bastaba con esperar y dejar que se cumplieran los tiempos.

Esto dejaba al descubierto dos cosas: la primera, que no les interesaba el control del Estado sino su desaparición; y la segunda, que se hacía muy obvio que no construían su agenda sino que obedecían a una que le imponían desde afuera.

Mientras tanto, el Gobierno, enfocado en su plan de hacerlo todo apegado a la Constitución, se dedicó a gobernar en modo defensivo, asimilando cada una de las embestidas y respondiendo en la medida de lo posible, llamando permanentemente al diálogo y creando desespero dentro de las filas opositoras.

Ya en 2017, los lapsos para convocar a un referéndum revocatorio no se dieron, el diálogo retrasó más los planes de quienes dirigen desde afuera, el tiempo jugaba a favor de la Revolución. Ellos antes en la cima vinieron cayendo lentamente, desde su bando les exigieron soluciones y salidas inmediatas: optaron por la violencia de las guarimbas. Una vez más salieron derrotados y el Gobierno, apelando nuevamente a la Constitución, convocó a una Asamblea Nacional Constituyente (ANC).

La violencia cedió y sobrevino en ellos una gran decepción; quedaron entre primera y segunda. El Estado prevaleció y retrasó una vez más los planes de quienes pretenden desbaratarlo. Cobró fuerza la división en sus filas, los que desean participar nuevamente en la política y los que a trocha y mocha quieren salir del Gobierno. Estamos igualados en fuerzas nuevamente, ya no son superiores. Por primera vez podíamos ir a unas elecciones, pero ya no bajo las condiciones de 2015. La ANC convocó a dos sendas elecciones, en las cuales ellos decidieron no participar: punto para nosotros.

Lo que a finales de 2015 parecía imposible, a principios de 2018 es una realidad: controlamos los tres niveles del gobierno nacional, estadal y municipal. El directorio obligó entonces a la oposición, que fungen como voceros nacionales del Departamento de Estado, a sentarse nuevamente en la mesa de diálogo, este vez en República Dominicana. Se llegaron a algunos acuerdos y se decidió adelantar las elecciones presidenciales, acuerdos que luego estos últimos desconocerían, y que a la postre sellaría una de las victorias políticas más contundentes de los últimos 18 años.

Ayer, en el Consejo Nacional Electoral (CNE), el presidente Maduro, palabras más palabras menos, dijo que él sabía cuánto trabajo estaba pasando el pueblo venezolano, que sabía de las penurias a que la guerra económica nos había expuesto, pero que también sabía que tendríamos la capacidad para resistir, porque confiaba en nosotros como pueblo, y esa resistencia le daría la oportunidad de pasar a la ofensiva.

La magnitud de lo que ha ocurrido en términos políticos durante los últimos tres años tendrá que analizarse con mucho cuidado durante mucho tiempo. Este método que han estado aplicando contra nosotros ha funcionado en otros países, sin embargo, aquí logramos una victoria que parecía impensable. Logramos dividirlos, diezmarlos y llevarlos a aceptar los canales constitucionales, pero no sólo eso: esta victoria solidificó un gran bloque chavista que fue suficiente para sacarle una ventaja de más de 4 millones de votos al segundo contendor.

Una nueva Batalla de Santa Inés ha ocurrido, sólo que no hemos tenido el tiempo ni la capacidad de valorarla en su exacta magnitud. Pero más allá de eso, y sin importar las presiones a las que seremos sometidos por nuestra elección, este triunfo del 20 de mayo posiblemente sirvió para definir muchos eventos a futuro nacional e internacionalmente, que aún estamos lejos de prever.

 

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