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16.Sep.2015 / 08:50 am / Haga un comentario

Foto: Misión Verdad

Lo que sucede en Venezuela no puede simplificarse en una sola definición. En el país hay una “crisis”, pero hay mucho más que eso. Hay un proceso de cambio político, pues el hecho social ha adquirido un dinamismo inédito y nuestra economía es un espacio de “crisis” donde lo viejo exhibe su cualidad estructural frente a nuevas formas de organización económica que contra toda inercia se abren paso. Aunque desde la derecha venezolana se ha hablado durante 16 años de “crisis”, entendida ésta como la destrucción de la “felicidad” del capitalismo de la Cuarta República, lo cierto es que la única y verdadera crisis que ha habido yace en el hecho cultural, pues la sociedad venezolana, como la conocíamos hace años, comenzó a tambalearse y se está cayendo a pedazos, y eso es bueno, muy bueno.

El único factor conector entre todas las “crisis” que ha habido en Venezuela esta última década y media, es la Revolución Bolivariana como hecho político. La revolución nos sobrevino y nosotros en ella, nos identifiquemos con ella o no. La revolución nos está ocurriendo a todos(as) querámoslo o no, para algunos es buena, para otros es mala, pero es una realidad insoslayable, no la podemos evitar, está ocurriendo y el país no es ni será el mismo que alguna vez fue.

La revolución vino creando y destruyendo cosas. Con una mano edificamos muchas cosas, con la otra golpeamos otras con el propósito de demolerlas. La revolución ha logrado grandes objetivos medulares, pero también superficiales, ha generado políticas que aunque se idearon con fines positivos tuvieron algunas consecuencias negativas. La revolución ha transformado el hecho económico, pero no lo suficiente; ha cambiado la política, pero no lo suficiente; ha sentado bases fuertes para la organización social, pero no estamos todavía total y coherentemente organizados. La revolución tiene rezagos de la vieja cultura política anquilosados en cargos e instituciones. La revolución le dio parto a un pueblo más conciente, más coherente, más politizado. La revolución es lo que es con todas sus virtudes y defectos, es así, joven, incompleta, contradictoria, pero es nuestra. Es nuestra y de nadie más. Chávez fue el partero, pero la parimos nosotros. Es venezolana, es bolivariana, es chavista, es socialista y muchas cosas más.

Esta revolución partió la realidad nacional. Antes creíamos que Venezuela era una sola cosa, una sola identidad social y política, y tal cosa nunca ha sido cierta. La revolución vino a exponer esa contradicción, esa creencia errónea, esa falacia. En Venezuela han convivido desde siempre muchos países, muchas identidades, y éstas hoy se encuentran en un punto alto de contradicción, de choque.

Un país, mucho países

Venezuela no fue nunca toda la masa amorfa y pendeja que siempre nos dijeron que fuimos, pese a que todo el mundo veía el Miss Venezuela, la novela de las 9 y Sábado Sensacional con Gilberto Correa degradando a un enano pagado en dólares para hacer de sí mismo un show decadente. Detrás de la distracción había un país profundo luchando por otra cosa, pensando en otra cosa para sí. Venezuela, la del Caracazo y la historia que se nos vino encima, se quebró sobre sí misma para rehacerse.

Gramsci, al hablar de “bloque hegemónico” y “bloque histórico”, expuso que la “crisis estructural” durante un cambio de sistema se basaba en ese “sistema que no termina de morir” versus ese “sistema que no termina de nacer”. Chávez nos habló de esa máxima gramsciana muchas veces. Pero hasta tal lectura nos resulta incompleta si asumimos que el cambio sociocultural es un proceso dinámico que no tiene claras las líneas de partida ni las líneas de llegada, es decir, no hay un formulario que nos permita medir a exactitud la magnitud del cambio profundo de una sociedad. Todo intento de cuantificar eso sería un fracaso, si entendemos que la realidad social es inacabada, inconclusa siempre. Por eso la revolución no es lo que muchos quieren (o esperan) que sea, por eso la sociedad venezolana todavía no es la sociedad de la utopía, ni la sociedad del librito del viejo Marx. También, por eso, el capitalismo en Venezuela no es lo que los capitalistas quieren (o esperan) que sea.

No hay una síntesis total sobre la Venezuela actual, y no hay que esperarla en este tiempo, pues tal cosa no va a llegar. La Venezuela de hoy está cuajando, y es, en palabras más llanas, un soberano, generalizado y prolongado peo, en todos los espacios de la vida nacional, en todo lugar. Venezuela es un país que está implosionando sobre sí mismo. Somos la Venezuela del estallido desde 1989, hecha concreción política desde 1999.

Venezuela es hoy la del capital concentrado en muy buena parte en el sector privado, es la del capitalismo de Estado, es la de la incipiente y heroica propiedad social, es la de la renta petrolera, la del consumismo desenfrenado, la de las empresas administradas socialmente por el Estado, es la de la construcción del socialismo pero que entrega dólares subsidiados al sector privado financiándolo. Somos la Venezuela de la democracia representativa, la de la protagónica, la que sigue anclada a la lógica del desarrollismo, la que también aspira superar la trampa del desarrollismo. En fin. Nuestras contradicciones son interminables, somos varios países en uno solo.

La “crisis” y las explosiones

Toda crisis medular, profunda y coyuntural expone lo peor y lo mejor de nosotros. En esta coyuntura de guerra económica, la oportunidad es propicia para subrayarlo: estamos viendo lo peor y lo mejor entre la gente, lo feo de esta “crisis” es decepcionante y lo hermoso de ella es gratificante. Si a algo se parece esta coyuntura de “crisis” es a un parto natural, sin anestesia. Es doloroso, pero es necesario, debe ser bienvenido.

Entender las crisis como necesarias no sólo es oportuno, es necesario, es vital. Esta “crisis” es necesaria. Y eso nos cuesta entenderlo, pues en ocasiones nos cuesta entender que estamos en una revolución y que toda revolución no sólo sufre crisis, más bien debe generarlas si esa revolución es genuina. Venezuela sufre una inflexión brutal de nuestro sistema capitalista rentístico y además nuestra economía está bajo ataque para extorsionarnos políticamente. El poder económico quiere de vuelta el poder político que perdieron en 1999. Si el chavismo gana la guerra económica (como seguramente sucederá) el resultado de la “crisis” nos será favorable.

Esta circunstancia donde confluyen lo estructural y lo coyuntural del hecho político y económico en nuestro país, necesariamente nos empuja a otra subjetividad, ya está ocurriendo, la tenemos ante nuestros ojos pero no queremos verla: en Venezuela está estallando la creatividad dañina y benigna de la gente.

Siempre hablamos de la creatividad delincuencial del megacontrabando, del megaacaparamiento, de la fijación artificial del valor del bolívar frente al dólar, de la mafia paraeconómica pseudoempresarial. Hablamos siempre de la creatividad perniciosa del gran capital ladrón de divisas, de las corruptelas en cargos públicos, del bachaqueo, de las colas, de las burlas a los controles, de la economía que quiere que unos nos comamos a otros, de la rebelión no declarada del comercio que está especulando, en fin, ya ha sido bastante lo que hemos hablado de eso en todos los espacios de la sociedad. Esa creatividad dañina no merece más líneas, la conocemos, la vemos, la vivimos, la sufrimos, la resistimos, la enfrentamos.

Pero en el país que está cuajando hay otro estallido permanente. El pueblo profundo está explotando de manera individual y colectiva frente a la crisis. Estamos reflexionándola, estamos asumiéndola.

Sólo tenemos que fijarnos: hay comuneros organizándose aprovechando la coyuntura para asaltar los espacios que está dejando el sector privado en la producción, hay liderazgos basados en la organización que están ganando espacios con la gente, hay agricultores que están trabajando sin insumos importados. Hay gente retomando el conuco de manera individual o colectiva, hay gente que está volviendo a criar pollos de engorde en el patio de sus casas, hay gente en Lara y en los Andes iniciando ciclos de cultivo de papa con semilla nacional y nativa, hay comunas que quieren tomar el lugar de las distribuidoras privadas para abastecer su territorio.

Estamos viendo nuevas pequeñas marcas de productos industriales nacionales de la mano de empresas públicas y privadas. Pululan los pequeños fabricantes de desinfectante, cloro, jabón líquido, tanto privados como comunales, derrotando el desabastecimiento de esos rubros. Hay gente fabricando jabón artesanal, hay gente dando y recibiendo cursos para simplemente hacer mayonesa casera, hay artesanos creando sustituciones en indumentaria que suele ser importada y cara, hay un movimiento creativo de muralismo, artes escénicas, comunicación política y creación literaria que hacen vida en todos los espacios del país imponiendo su discurso e identidad. Y hasta hay mecánicos que están reviviendo partes de vehículos que antes simplemente reemplazaban.

Hay tecnólogos populares generando propuestas con sus manos, hay creadores de conocimiento desbocados que sin ser académicos se están sentando a escribir lo que piensan. Vemos foros, charlas, conversatorios en espacios institucionales y comunitarios, donde la gente quiere debatir la realidad y generar propuestas. En las reuniones de los consejos comunales se conversa del bachaqueo y de cómo lidiar con el problema. Hay gente organizándose para denunciar y contener los flagelos económicos en sus comunidades. Hay instancias de Gobierno tomando acciones contra la guerra económica que no son decretadas desde Caracas. Hay gente organizándose como fiscales populares para entrompar a los malandros de la guerra económica. Hay avidez en generar alternativas. Hay gente queriendo interpretar mejor la realidad, sedientos de encontrar y producir información, producir opinión. Vemos gente que quiere estudiar como sea, gente que anda inventando algo para resolver algo, en todas partes, en todo el país.

Hay quienes quieren seguir drogándose con dólares, con cupos viajeros y compras en Amazon. Hay gente que no. Hay quienes quieren que el capitalismo de consumo importador florezca a la sombra del despilfarro total de la renta. Hay gente que quiere más producción nacional, producir socialmente, consumir menos, producir otras cosas. Hay quienes entienden en la crisis el momento para robar y quienes la entienden como momento para crear. En fin. Hay contradicciones por doquier. Hay varios países luchando en Venezuela.

La realidad venezolana se conjuga, se redimensiona. Los rezagos en lo viejo y el empuje adelante, hacia lo distinto, son lo mejor de nuestra “crisis”. Lo que pasa es que estamos en revolución.

Misión Verdad 

 

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