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25.Dic.2016 / 05:42 pm / Haga un comentario

Foto: Archivo

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¡Qué rara ha sido la tregua navideña de este terrible año 2016! No es una tregua pactada por los bandos en conflicto para pasar un rato, comer y brindar en familia, sino un alto el fuego producto del cansancio, del hastío, de la falta de expectativas de uno y otro sector en pugna.

Cuando hablo de treguas no me refiero a la guerra de los líderes, las grandes figuras del gobierno y de la oposición que se enfrentan a diario, principalmente en el escenario de los medios de comunicación y las redes sociales electrónicas. Hablo de la guerra, a veces estridente, a veces silente, que cada uno (revolucionario o contrarrevolucionario) libra en sus respectivos entornos, incluyendo acá la esfera familiar.

Siempre que llegan estos tiempos recuerdo la tensa tregua del bélico año 2002. Los revolucionarios pasamos la Navidad contra las cuerdas, resistiendo el infame paro petrolero y patronal, sin gasolina, sin alimentos fundamentales, sin cerveza, sin beisbol profesional, con todos los canales de televisión, las emisoras de radio y los periódicos orquestados en el propósito de enloquecer a la gente. Aún así, cada familia se las arregló para celebrar las fiestas y para tolerarse mutuamente los de una y otra tendencia. En la zona donde vivo cacerolearon al Niño Jesús, mientras los chavistas tratamos de responder poniendo música navideña y nacionalista como aquel tema de Un Solo Pueblo que reza: “¡Viva Venezuela, mi patria querida, quien la libertó, mi hermano, fue Simón Bolívar!”. Fue, en suma, una tregua en la que cada bando le mostró los dientes al otro y cuando no fue posible evitar las discusiones, cada uno tenía sus pronósticos de victoria: los revolucionarios confiábamos en que pronto el paro sería derrotado (ya se había logrado movilizar al buque Pilín León, emblema del supremacismo de la meritocracia de Pdvsa), mientras los contrarrevolucionarios creían (Globovisión mediante) que al rrrrégimen le quedaban apenas horas.

Este año, en cambio, la tregua tiene sabor a fastidio, a estar hasta la coronilla de hacer colas para todo y también de quejarse por hacer colas, situación en la que coinciden chavistas, antichavistas y ninis.

Veamos el cuadro que experimenta la gente común y corriente que sigue siendo partidaria de la Revolución: está extenuada de hacer el papel de quien defiende cosas indefendibles. Muchas de estas personas se enfrentan a una situación muy curiosa: deben argumentar a favor de medidas que, cuando son tomadas, no comprenden en absoluto. Luego, cuando por fin logran comprenderlas, el gobierno las ha modificado, y no en pocas ocasiones por una medida en sentido opuesto. Y, francamente, es como mucho pedir que los chavistas de base sepan realizar tal defensa (de lo uno ahora, y de lo otro, un poco después), si esas maromas no las hacen bien ni siquiera los altos funcionarios.

 ¿Y qué decir del militante opositor silvestre? Este podría ser un final de año para no ceder la ofensiva ni siquiera por cortesía navideña. Ha sido tanto el sufrimiento cotidiano del pueblo, que, en rigor, cualquier opositor tendría derecho a monopolizar la tertulia familiar con sus quejas acerca del fracaso del comunismo y ese tipo de lugares comunes que todos conocemos. Pero no es así porque el escuálido común sufre una especie de empacho de expectativas fracasadas. La dirigencia, luego del triunfo de diciembre de 2015, saturó a las bases de la MUD de promesas de corto plazo que fueron cayendo una tras otra, de una manera tan cercana al ridículo que la gente siente una insufrible vergüenza. La sensación se parece a las de los hinchas de un equipo deportivo que tuvo todas las oportunidades de ganar… ¡y volvió a perder!

Pues bien, con un bando –el del gobierno- desgastado en su labor de heroica resistencia, y otro bando –el de la oposición- desencantado a más no poder de sus líderes, la Navidad ha traído consigo la tregua más rara en 18 años de combates.

Bueno, pero no nos quejemos, porque así como dice el viejo chiste, que “guerra es guerra”, también vale decir que “tregua es tregua”. ¡Feliz Navidad!

clodoher@yahoo.com

Clodovaldo Hernández

 

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