Noticias / Opinión / Roberto Hernández Montoya

8.Ago.2016 / 01:31 pm / Haga un comentario

Foto: Archivo

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Francisco Franco era Caudillo de España «por la gracia de Dios» y solo era responsable ante Dios y ante la historia. Cual Rey de España. Cual sátrapa persa, cual monarca absoluto, cual Luis XIV: «El Estado soy yo». Cual Reina de Corazones de Alicia, que siempre ganaba los juegos porque cambiaba las reglas en su mentecita loca, «¡córtenle la cabeza!». Contaba Hugo Chávez de un pitcher que fungía de umpire y decretaba que todo lo que lanzaba era strike, sin apelación posible.

Para evitar ese esperpento Montesquieu concibió la división del poder en poderes para que cada poder tuviera menos poder. Por eso está en las enciclopedias. Ha funcionado, aunque a trompicones. No siempre prevalece y raras veces sus premisas pasan de ser un buen deseo. Nuestros libertadores se inspiraron en ese proyecto. Tal vez no puede cumplirse plenamente en todos los tiempos y regiones y esté destinado a ser solo un desiderátum, referencia, patrón, pauta a la que debemos acogernos al menos como concepto, así sea especulación de sobremesa.

Porque el poder contradice la idea de que haya poderes alternos. Mis deseos encuentran en las leyes obstáculos irritantes. Solo una educación sabia me impide decretar, cual Reina de Corazones, que es válido comerme la luz roja. Caprichosamente. A mi solo juicio y sin apelación posible. ¿Y tú qué me estás mirando, bolsa? Aquí hay unos pantalones, yo no sé qué hay allá. Ah, porque el despotismo es machista, por eso hace las cosas «a lo macho» o «a la machimberra».

Sobran ejemplos de despotismo, pero tenemos uno cercano no solo en el tiempo sino en la única raíz doctrinaria de la oposición venezolana, un  modelo hasta didáctico: el Acta de Carmona, esa apoteosis de absolutismo y delirio de contradicciones que en nombre de que Chávez supuestamente se había arrogado todos los poderes se los confirió todos al monarca absoluto Pedro I El Breve. En nombre de la democracia, esa Acta cesó todos los cargos de elección popular, mientras la audiencia de aquel astracán coreaba: «¡Democracia, democracia!». Pedro I se autocoronó, cual Ramos Allup en la Asamblea Nacional.

¿Qué hacemos con un poder que desconoce todos los demás y que proclama que hace lo que le da la gana afianzado en un discurso estentóreo y soez? ¿Te lo calas?

 

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