Noticias / Opinión / Stella Lugo

21.Mar.2017 / 07:45 am / Haga un comentario

Foto: Archivo

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He venido denunciando, en distintas entregas de esta columna, que nuestro país es víctima de una agresión muy bien orquestada por el sistema imperial, con el correspondiente respaldo de sus aliados internos: la dirección opositora; y que esa acción polifacética ha entrado en una fase de escalamiento, porque, a pesar de su colosal empeño, no ha podido alcanzar sus objetivos.

Ahí se inscribe el propósito de Luis Almagro, Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA), de aprobar la aplicación de la Carta Democrática contra Venezuela, por parte de este organismo internacional, cuya historia de sumisión a las políticas norteamericanas es bien conocida por todas y todos. Es una idea malévola, inhumana y detestable, que se cae por sí sola, por ello -estoy segura- nunca logrará su meta: derrocar al Gobierno Bolivariano.

No obstante la inviabilidad de tal política, es necesario advertir sobre la peligrosidad de la misma. En el fondo de estas iniciativas, como la reiteradamente presentada por el Secretario de la OEA, subyace la justificación de acciones injerencistas, cuyo carácter dista mucho de la democracia. Los efectos para los pueblos que, previamente, han sido estigmatizados por la mediática y por el designio imperial, a través de sanciones de organismos multilaterales, han sido devastadores.

Una historia imposible de olvidar: el caso de Libia, donde justamente este 19 de marzo se cumplieron seis años del inicio de su intervención armada por parte de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), sirve de ejemplo respecto al carácter criminal de las referidas políticas.

Con Mohamar Kadafi, Libia no solo alcanzó su unidad nacional, pues antes de la Revolución del 69 su territorio se repartía en varios dominios tribales; sino que, en pocas décadas, el pueblo de la República de la Gran Yamahiriya Libia alcanzó el mayor nivel de vida de toda su región. Los bombardeos efectuados por el brazo armado de las políticas imperialistas de Occidente (OTAN) lograron retrotraer a esa nación a condiciones peores a los inicios de la Revolución Verde, desestructuraron, desintegraron, ese país y lanzaron al piso los estándares de vida de su población. Eso, señor Almagro, no es el destino forzado para la Patria de Bolívar y Chávez.

No son democráticos ni la Carta, ni los propósitos de quienes adversan al Gobierno del Presidente Nicolás Maduro, empeñados, como están, “en acortar los tiempos”; intentando afanosamente construir atajos ante el fracaso, la falta de cohesión interna y la incapacidad de arribar a un liderazgo unificado del archipiélago opositor.

Por su imaginación -de acuerdo a informaciones recibidas- cruzan múltiples ideas que incluyen fabricar candidatos representantes directos de la burguesía empresarial, aliados incondicionales del Fondo Monetario Internacional y sumisos a los designios del imperio; bien para las futuras elecciones nacionales o, más probablemente, para encabezar juntas de gobierno de facto, nacidas de sus calenturientas urgencias.

Por supuesto, en sus opciones no aparecen ni la preservación de las conquistas sociales obtenidas durante estos años de Revolución, por las mayorías nacionales y, mucho menos, la democratización de la economía: un objetivo claro del programa estratégico de Chávez. Hasta ahora, los candidatos que han asomado son miembros de las mismas familias, de los tristemente recordados Amos del Valle, que acumularon ingentes fortunas parasitando de la renta petrolera, ajustándose al gobierno de turno durante la vieja república, mejor conocida como “Cuarta”.

La derecha venezolana no posee cosa distinta que ofrecer un programa neoliberal al mejor estilo de Carlos Andrés Pérez, que dejaría en el desamparo a la población más necesitada; como lo están haciendo en Argentina con Mauricio Macri o en Brasil con Michel Temer. Son los mismos oligarcas de siempre, disfrazados de exitosos empresarios, quienes valiéndose de una millonaria campaña mediática, han despojado al pueblo de sus beneficios sociales. Es la misma derecha que ha recibido dólares subsidiados por nuestro Estado y, luego, desabastece de sus productos al mercado nacional, colocando éstos en el exterior.

A propósito de la matriz que se esfuerzan en crear, en el sentido que sólo la inversión privada es productiva, en Falcón podemos exhibir un ejemplo exitoso de alta productividad de una empresa estatal, iniciativa y creación de la Gobernación Bolivariana, que siempre contó con el apoyo del Gigante Chávez y el Presidente Nicolás Maduro: el Complejo Alfarero Jirajara, una importante fuente de insumos para esa maravillosa e inigualable misión, estandarte de nuestro proceso: la Gran Misión Vivienda Venezuela. Supimos convertir nuestra ancestral arcilla, considerada por mucho tiempo como una debilidad, transformarla en una oportunidad para el trabajo creador de nuestra gente y segura estoy que en el corto plazo se convertirá en una gran fortaleza.

El Complejo Alfarero Jirajara, tiene una capacidad instalada para producir 70 mil bloques por día y desde que inició operaciones, el 28 de noviembre de 2014 hasta el día de hoy, ha producido más de 31 millones de bloques de arcilla, capacitando y empleando a 128 falconianas y falconianos, generando más de 5 mil empleos indirectos. Jirajara es hoy, orgullo falconiano con proyección nacional, una prueba que sí se pueden superar algunos déficits históricos.

Para finalizar, conviene decir que, aunque no sabemos cuál sea en definitiva la modalidad que asuma en esta etapa la agresión contra el proceso Bolivariano, el pueblo debe y puede tener confianza que nuestra línea no se apartará de la trazada por nuestro Comandante Supremo Hugo Chávez, de irrenunciable vocación de servir al pueblo junto a Nicolás Maduro.

Con OEA o sin OEA, como reza la canción de Carlos Puebla, nuestro pueblo saldrá adelante en la construcción de un futuro democrático donde el bienestar social prime sobre cualquier interés egoísta, y siempre estará por encima de los intentos recolonizadores que pretenden poner en usufructo de intereses imperiales a las grandes reservas estratégicas que posee el país. Con Chávez decimos:

“La Independencia es el bien más preciado”

 

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