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25.Abr.2017 / 12:28 pm / Haga un comentario

Foto: Misión Verdad

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Por: William Serafino

Misión Verdad

Tras tres semanas de haberse iniciado en Venezuela un nuevo ciclo de violencia interna y planes de golpe de Estado, vuelven los velos ideológicos a imponerse en la diatriba política nacional, camuflando el verdadero sentido del momento histórico y global que enmarca al conflicto venezolano.

En momentos de alta cilindrada política casi que se vuelve una obligación recurrir a la moral o a algo mucho más peligroso, el localismo. Creemos estar convencidos que las causas del conflicto interno, de la violencia y los lamentables asesinatos, los destrozos y saqueos pagados y convocados por la dirigencia antichavista, se deben a razones estrictamente nacionales de irritabilidad entre dos fuerzas políticas en pugna.

En esa línea de razonamiento solemos ubicar a un Freddy Guevara como el autor intelectual de lo que está ocurriendo. Y por elevación un único objetivo sería la consecuencia lógica de todo el desarrollo del plan de golpe: la mal llamada MUD plantea retomar el poder político para gobernar nuevamente a Venezuela.

Pero el plan contra Venezuela no se discutió, diseñó y financió en Venezuela, por ende ni Voluntad Popular ni Primero Justicia tienen que ver con ello más que como obedientes empleados que siguen instrucciones específicas. Ni siquiera en ese plan un Luis Almagro es algo más que una secretaria.

Tampoco las campañas de guerra contra Siria y Libia fueron discutidas y planificadas dentro de sus fronteras y por fuerzas políticas internas. Eso ya estaba escrito, como el caso venezolano, por los abogados y expertos de las grandes petroleras mundiales, llámese Exxon Mobil, Chevron y otros siameses, como ya fue relatado en su momento por Misión Verdad.

La similitud entre ambos procesos y Venezuela, salvando las lógicas distancias culturales e históricas, no sólo tiene como centro y causa de sus intervenciones los inmensos recursos energéticos ubicados en estos dos países (Siria tiene como principal recurso ser un paso estratégico para el petróleo y gas de Medio Oriente).

Otro elemento aturde por su similitud: el Departamento de Estado de Estados Unidos y su control sobre instancias multilaterales regionales próximas a estos países objetivos (la OEA es lo mismo que la Liga Árabe en ese sentido operativo), inició un ciclo de aislamiento, cerco diplomático y fuertes sanciones para generar un punto de inflexión a escala global sobre la imperiosa necesidad de restituir la democracia en estos países.

Después de seis años, con una Libia fragmentada y una Siria masacrada, entendemos a qué se referían con eso.

En medio del asedio ya el Departamento de Estado había adelantado sendos expedientes sobre violaciones de derechos humanos (sobre la base de montajes mediáticos), peligrosamente equiparables al Informe Almagro contra Venezuela por forma, contenido y tonalidad agresiva, en el marco de una operación cartelizada para que ninguna vocería multilateral de peso se quedará por fuera del llamado a la intervención. Los medios lograron seducir a la opinión pública global para que la muerte de ambos países fuera legítima, y sobre todo, moralmente correcta.

Pero un elemento faltaba en la ecuación: qué organización y de qué tipo, sobre todo, era responsable de darle rasgos de realidad al expediente de violación de derechos humanos y ausencia de democracia.

El Departamento de Estado de EEUU armó par de embajadas paralelas: la oposición siria y libia. Las armó, les dio financiamiento y las dotó de una cobertura diplomática de “defensores de derechos humanos y la democracia” para legitimar lo que tenían que hacer.

Ninguna de estas dos organizaciones terroristas fueron diseñadas y financias para gobernar Libia o Siria después de los “cambios de regímenes”, o para adelantar elecciones, para restituir la democracia y el Estado de Derecho agredido por las dictaduras del pasado. No.

Fueron creadas para dinamitar el Estado, destruir económicamente al país y fragmentar el territorio, completar el trabajo de las sanciones financieras y comerciales contra ambos países que ya los habían deteriorado bastante. Y poco importó si la “toma del poder” era elegante o no (en Siria todavía no han podido) siempre que las mafias globales se apropiaran de los recursos sin la intermediación del Estado y se ampliara el tráfico de armas, de drogas, de humanos y minerales. El capitalismo del desastre en formato blu-ray.

Esta misma coordenada política une a Venezuela, repetimos, salvando las distancias, con estos dos procesos de intervención. Incluso en un nivel infinitamente menor de devastación física las mafias globales petroleras y financieras que asedian a Venezuela han completado buena parte de trabajo, deteriorando a la principal empresa petrolera, el valor de su moneda producto del sabotaje del dólar paralelo y afectando sensiblemente el comportamiento económico nacional, puerta de entrada de las economías negras que gangrenan el tejido social y las mediaciones estatales. Voluntad Popular y Primero Justicia tienen la tarea delegada de completar el trabajo, y bien. Entre más destruido, mejor.

El ataque a mercales, centros de salud gubernamentales, instituciones públicas y dirigentes de base chavistas, expresan físicamente la agresividad del plan global contra el país.

Lugares donde por cierto se inauguraran, en la tan publicitada Venezuela post chavista, los nuevos Excélsior Gama, las nuevas clínicas privadas y las agencias de bancos internacionales. Ese “nuevo comienzo” tan prometido sabemos en qué bolsillos termina.

El objetivo de tomar el poder no tiene como propósito devolver a Venezuela a un supuesto Estado de Bienestar, que además en su dimensión global se encuentra en crisis terminal. Lo fundamental es finiquitar el plan que se aceleró con el Decreto Obama: colapsar al Estado venezolano y al país, para luego revenderlo a menos de la mitad de su valor inicial a los dueños que lo reclaman. No hay tiempo ni interés en reconstruir países sobre la base de una idea (el Estado de Bienestar) que limita su capacidades de acumulación.

Por esta razón los diputados opositores de la Asamblea Nacional asumen como línea política el bloqueo financiero. Agudizar los problemas hasta el extremo. No contribuyen a la recuperación económica no por berriche político o premura electoral (o moral), sino porque en el plan (global) que los incluye a ellos como intermediarios no debe existir Estado. Y por ende a ellos tampoco como “gobernantes”. Sólo gestores de las empresas que sustituirán al Estado.

Ellos no quieren gobernar, ni tampoco pueden hacerlo. Su rol consiste (por diseño e instrucciones) en finiquitar la entrega del país a las mismas mafias globales que en Libia y Siria hicieron sus negocios del siglo XXI.

Los destrozos físicos en medio de las guarimbas, los económicos (inflación y boicot a la distribución) producto de la guerra no convencional, los financieros producto del sabotaje transnacional, acompañados por la narrativa de “empezar de nuevo” y “todo lo que venga será mejor que el pasado” después de unas “elecciones generales”, intenta configurar el shock del momento por donde el plan real se desarrolla: doblegar a Venezuela políticamente bajo el destino manifiesto de ser una mina expoliada hasta el extremo.

Bajo la apertura a las inversiones extranjeras de los nuevos (y caníbales) metabolismos del capital global: tráfico de armas y drogas, maquilas, tercerización y flexibilización generalizada, apropiación directa de los recursos naturales sin ninguna mediación con la que negociar.

No son Freddy Guevara o Julio Borges el centro del problema, ni las causas que explican el contexto de asedio actual. Venezuela es un preciado botín para las mafias globales que no puede esperar ser recapturado, más por las nuevas alianzas que ha establecido con Irán, Rusia y China.

Ahí es donde se marca el pulso del contexto global y local. En Venezuela no buscan concretar este objetivo con elegancia, otra similitud.

 

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