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2.Mar.2016 / 02:32 pm / Haga un comentario

Foto: Misión Verdad

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A veces la historia le pasa por encima a la gente. Le pasa por encima a los pueblos, cuando han sido precisamente los pueblos los que más facultades han tenido para hacerla a su imagen y semejanza.

El destino impuesto por las élites es una tragedia. Y suele pasar que hay pueblos que van de tragedia en tragedia, una y otra vez, cuando se les somete a la desesperanza, a la apatía. Cuando el pueblo se deja arrinconar con las mil poderosas armas que el poder tiene para hacerlo.

El pueblo venezolano vivió esto una y otra vez. Despertamos de la pesadilla hace unos años a cachetadas, Chávez nos hizo reaccionar. La cuestión es que Chávez no llegó a nosotros para construir un Gobierno que a todo el país le guste pues tal cosa es y será imposible, nos convocó a construir una revolución, que es otra cosa donde el Gobierno es un componente más. Nos convocó a construir la historia. Lo que quiere decir que aunque el Gobierno revolucionario es muy importante, hacer la historia, transformar la sociedad, asumir la identidad del socialismo desde las manos y hasta la conciencia, nos corresponde a nosotros.

En las horas de su partida física, Chávez nos pidió que eligiéramos a Maduro como conductor del Gobierno y así lo cumplimos. Lo que ha venido luego es hartamente sabido y vivido, todos los mil monstruos del viejo poder (todavía vigoroso) vinieron contra nuestra revolución para mellarla, para desmembrarla por partes, por etapas. El asalto al poder chavista en el Gobierno -medular en nuestro proceso histórico- ocurre ante nuestros ojos. ¿Lo seguiremos permitiendo?

Debemos hacernos esa pregunta. En estos momentos está planteado en Venezuela un desplazamiento de poder, pues el Ejecutivo venezolano es hoy el centro de un asedio institucional parlamentario, que con matices golpistas intenta imponer una agenda de desmantelamiento al gobierno chavista y, en consecuencia, al proceso histórico bolivariano. La parainstitucionalidad y paraconstitucionalidad de la derecha vienen al unísono de ruidosas amenazas de golpe armado.

Buscan detonantes, propician y promueven un estallido, azuzan a sus sectores violentos y patrocinan la desesperanza del chavismo, desde la AN como portaaviones para asaltar Miraflores.

Dejar solo a Maduro

La Revolución Bolivariana nos devolvió la facultad de soñar despiertos, de construir. Pero nuestros niveles de conciencia, aunque han crecido mucho estos años, no han estado del todo a la par de las circunstancias. Es difícil decir esto de otra manera, pero es un total sinsentido político someter a Maduro a la embestida de la derecha para luego embestirlo nosotros desde adentro. Si bien hay errores, inconsistencias y desviaciones de nuestra revolución desde el Gobierno, también es cierto que hablando sólo de expandir nuestros niveles de conciencia la responsabilidad es nuestra y no del Gobierno. Los pecados de inconsciencia son los más graves de nuestra revolución y están en todos los niveles. Distribuyamos mejor las culpas para de esa misma manera distribuir también las soluciones.

El frenetismo político, la ansiedad, la incertidumbre, la coyuntura toda, tiene un gran poder que puede nublarnos. Podemos perder de vista dos cosas. Una de ellas es que se nos olvide mirar atrás, al pasado miserable del destino impuesto por la élite. Mirar atrás siempre es bueno, pues nos recuerda adónde no debemos volver. Nos recuerda el destino que tomamos y lo mucho que hemos logrado en revolución. Aunque la coyuntura económica y política nacional sea muy dura, de mucho podemos quejarnos, pero a fin de cuentas, de manera organizada, vehemente y celosa, debemos defender lo logrado. Quejarnos es un derecho, defender lo logrado es un deber. Hay que ser responsables y conjugar ambas cosas.

Otra cosa que podemos perder de vista en tiempos de confusión es que la derecha tiene bien claro que revertir la vida política venezolana no pasa exclusivamente por el desplazamiento de Maduro, pasa por el desmontaje (por medio de todas las vías) del chavismo todo como realidad política. Cualquiera que sea de las clases populares y que crea que no le afectará el desmontaje de un gobierno popular, no sabe nada de política ni tiene idea de donde está pisando. Así que defender la Revolución Bolivariana ya adquiere matices del sentido común, no se trata sólo del Gobierno, se trata de nosotros.

En la derecha saben mucho de cercenar destinos e impedir bajo cualquier método que el pueblo asuma su historia y la haga a su imagen y semejanza. Cualquiera que coquetee con la idea de “entregar el Gobierno para luego volver” no sabe lo que dice. Cualquiera que crea que la derecha en este siglo nos permitirá la osadía de hacer otra revolución, no sabe lo que dice. Cualquiera que crea que la derecha actuará pacíficamente contra el chavismo para desaparecerlo o arrinconarlo, no sabe lo que dice. Hay demasiado odio y sed de sangre en la otra acera, demasiado revanchismo, demasiado poder económico ansiando actuar a sus anchas.

Coño, podemos estar muy arrechos con las circunstancias, pero a Maduro no hay que dejarlo solo jamás, nunca. Entendamos eso. Maduro comete errores y lo seguirá haciendo. Pero más son las amenazas y ataques que pesan sobre él y en consecuencia sobre nosotros, y eso es lo verdaderamente importante en la coyuntura. A fin de cuentas, una revolución no se trata de que si el líder se equivoca o no, se trata de que si el pueblo se equivoca o no. Esa es la diferencia entre una revolución y un gobierno burgués de turno. Entendamos eso, carajo. A Maduro y a nosotros se nos delegó un destino, que no es otro que el que predijo Chávez en su última proclama frente al país y tal cosa se ha cumplido: no están faltando quienes tratan de aprovechar las actuales circunstancias para intentar tomar el poder e imponer la restauración.

Sobre los pies de Maduro hay un peso enorme. Chávez lo delegó para asumir ese tránsito entre su presencia física y el destino que como pueblo debemos asumir. Chávez sabía que partiría de este plano y que la amenaza de matarnos entre nosotros era enorme, pues quienes azuzan al enfrentamiento nacional no descansan ni lo harán. Entendamos eso, como ha dicho insistentemente Diosdado Cabello, ese muro que había entre ellos y nosotros ya no está. Para Maduro ha quedado el rol en la historia de conducir nuestra revolución en las circunstancias más duras y ha logrado que se preserve la paz, que la conciencia de nuestro pueblo se imponga y que nuestro destino siga siendo nuestro.

Mirar más allá de nuestra nariz

¿Que las circunstancias son muy duras? Sí. Con petróleo a 100 dólares y sin guerra económica, cualquiera es “revolucionario”. Bien, esos tiempos se acabaron y nuevas cosas debemos hacer. ¿Que los vicios han penetrado al Gobierno? Sí. Hay que enfrentarlos más y mejor. ¿Que el Gobierno tiene incongruencias? Sí. Hay que asumirlas conjugando con coherencia el idealismo y el pragmatismo. ¿Que las fuerzas políticas chavistas en los espacios de decisión tienen que revitalizarse? Sí. Más y mejores métodos para que tal cosa suceda deben crearse. Pero nada de eso será posible, si no sostenemos a la revolución como espacio político que nos permitirá la vida política para poder transformar la realidad nacional.

Quienes afirmen, por ejemplo, que Maduro pactó con la derecha, pero que al mismo tiempo denuncian que la derecha nos va a dar un golpe, no se dan cuenta de su propia incongruencia, pues la fiereza del enemigo enfrente indica que seguimos en el camino revolucionario. Quienes por estos meses afirmen que ya no hay una revolución por la cual luchar, no se dan cuenta de su propia incongruencia, pues los tiempos en que nos quieren quitar la revolución son los tiempos en que más tenemos el deber de pelearla.

Pelear por una revolución no es cosa del aquí y ahora. Es luchar por el destino en favor de los que vienen. Superemos la lógica absurda y egoísta de incurrir en la desesperanza por nuestra situación actual y miremos más allá de nosotros. Decidamos si queremos que nuestros hijos y nietos vivan en el país regido por la élite o en el país regido por el pueblo en revolución. Lo primero ya lo vivimos durante siglos, lo segundo lo venimos luchando desde hace 17 años.

La convocatoria es a la claridad política. Sin ella no tendremos patria por la cual luchar pues la habremos entregado. Sin ella seremos prueba de que la historia nos pasó por encima y que no asumimos nuestro lugar en ella. Sin conciencia no forjaremos nuestro destino y permitiremos que las minorías poderosas lo hagan. No seamos instrumento ciego de nuestra propia destrucción.

Una de las frases más estruendosas paridas de las entrañas del pueblo tuvo lugar el 27 de febrero de 1989, raíz del chavismo profundo, insurrecto y creador. En medio de balas, muertos y escombros, aquella gente famélica ensangrentada gritaba “No hay pueblo vencido”. A nosotros nos toca menos difícil. Nos corresponde repetirlo entre colas, sabotaje económico, caída del precio petrolero y desmanes especulativos. Por ahora no nos corresponde decirlo en un baño de sangre, cuestión que puede estar a la vuelta de la esquina. Si lo permitimos, si dejamos que la derecha asuma el poder total, pues sabemos que cuando vengan por Maduro, vendrán por nosotros, como en 1989 con su neoliberalismo y sus balas.

No nos perdonaremos jamás dejar solo a Maduro en una responsabilidad que es nuestra. Pese a toda contradicción, pese a toda circunstancia, la revolución y la historia son lo fundamental, la patria es lo fundamental, nosotros somos lo fundamental. Confiemos. Tengamos paciencia, resistamos y construyamos. El gobierno chavista que se ocupe de lo que le corresponde hacer y nosotros hagamos lo que sabemos que tenemos que hacer.

Por: Franco Vielma

Misión Verdad

 

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