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4.Ene.2019 / 03:34 pm / Haga un comentario

Foto: Cortesía

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Por: Richard Canan 

Sigiloso. Clandestino. Escondido a la media noche del día de navidad se apareció el presidente del imperio más poderoso del planeta, el mismísimo Donald Trump, en una lejanísima base militar (Al Asad) bajo control del ejército invasor norteamericano acantonado en Irak.

Era una supuesta visita “sorpresa” a las tropas en Navidad. Pero nada de la alegría de las fiestas decembrinas había en el ambiente. No. Las imágenes del evento muestran a todos los presentes con cara de susto, de circunstancia, tensión y apremio. La visita de Trump a Irak ha puesto en evidencia una terrible realidad: las consecuencias que generan los halcones gringos con sus obsesivas invasiones militares. Su voracidad asesina no solo es un crimen sobre el pueblo iraquí, es una afrenta en contra de toda la humanidad y para el propio pueblo norteamericano.

Veamos bien el caso. Trump entra y sale escondido de Irak, un país que el ejército “libertador” norteamericano invadió el 20 de marzo del año 2003 (sí, la misión humanitaria salvadora lleva ya 15 años), y desde esa fecha han ocasionado miles de muertos, heridos, desplazados, torturados y desaparecidos; con el país totalmente fraccionado después de una cruenta guerra civil. Todo esto en las narices de las tropas norteamericanas, la cual cuenta con miles de soldados, contratistas privados (mercenarios), armas de última generación, drones, misiles, aviones y un vergonzoso etcétera.

Todo su arsenal y millardos de dólares gastados para que el presidente del poderoso imperio norteamericano a duras penas pueda tomarse una selfi a escondidas con unos soldados dentro de un bunker blindado enterrado bajo las arenas del desierto. Sus poderosas tropas ni siquiera pueden garantizar la seguridad en una visita presidencial. Parece que el ejército yanqui “libertador” fuese un prisionero de guerra, que estuviera condenado a estar confinado y tembloroso detrás de muros y barricadas.

La cara de Trump fue un poema durante todo el encuentro. Imposible ocultar su malhumorada cara de disgusto e incomodidad. Con el ego por el piso, no fue recibido con pompas y platillos por las autoridades locales y los medios de comunicación mundial. No hubo parada militar, ni recibimiento de Estado. Nada de eso, entrada y salida en modo hampón, como un criminal que huye en las sombras. Trump lo tiene claro. No es bienvenido en el país que se afana en “proteger”. Sabe perfectamente de la elevada hostilidad y odio que sienten los “ingratos liberados” para con su país. Trump los trató como siempre, con desdén y desprecio, como si el pueblo iraquí fuese una neocolonia norteamericana. Por lo tanto, nada de respeto para con el primer ministro iraquí (su supuesto aliado), y mucho menos nada de respeto a la soberanía de Irak.

Trump ni se pregunta de dónde sale este odio. No se confronta porqué  le gritan las viudas, los huérfanos y los iraquíes subyugados por sus tropas. Noam Chomsky ya respondió estas dudas luego del atentado a las Torres Gemelas: “Lo es también por simple cordura, si esperamos reducir la probabilidad de un futuro lleno de atrocidades. Puede ser reconfortante fingir que nuestros enemigos “odian nuestras libertades”, como lo dijo el presidente Bush, pero no es sabio hacer caso omiso del mundo real, que nos da muchas lecciones diferentes. El presidente no es el primero en preguntar: “¿Por qué nos odian?”. Cómo es posible que luego de más de 15 años de ocupación yanqui, el poderosísimo ejército norteamericano solo pueda garantizar la seguridad en una pequeñísima franja de terreno ubicada entre la llamada Green Zone (Zona verde segura) y el aeropuerto. Más nada. El resto de la ciudad y de todo el país es territorio hostil para el yanqui invasor.

Los gringos nunca reconocerán sus crímenes de guerra y tardarán años en asimilar que se atragantaron nuevamente con las arenas del desierto (un nuevo Vietnam). Por eso, durante su cortísima visita clandestina a Irak, Trump apenas pudo mascullar temblorosamente (primera vez que este empresario va a una zona de guerra) dirigiéndose a las tropas imperiales, que deseaba “agradecerles su servicio, su éxito y su sacrificio, y desearles una Feliz Navidad”. Extraño uso del término éxito, para un ejército que no puede garantizar su propia seguridad y que ha fracasado en sus intentos por derrotar al Estado Islámico.

Con la irascibilidad e inestabilidad que lo caracteriza Trump aseguró que “no retirará sus tropas del país árabe (Irak), que podría servir como base para hacer algo en Siria”. Esto es parte de las contradicciones imperiales, porque el mismo Trump ha jurado enfáticamente que retirará sus últimos 14.000 soldados desplegados en Afganistán y otros 2.000 desplegados ilegalmente en Siria.

Entre las pocas palabras que soltó Trump afirmó que “Estados Unidos no puede seguir siendo el policía del mundo… Es injusto cuando solo nosotros asumimos la carga”. Que lógica tan retorcida. No le basta con aniquilar pueblos enteros, ahora también quiere recompensa, trofeos de guerra. Para este empresario-presidente no es suficiente el saqueo de los recursos naturales. Quiere más. La voracidad imperial no tiene escrúpulos ni moral alguna.

Que cojan dato Julio Borges, María Corina y los demás apátridas proinvasores. El plan de intervención militar que pretenden imponer tropezará con la fuerza del aguerrido pueblo venezolano. Si el imperio norteamericano nos agrede, habrá una “guerra infinita”. En caso de invasión, la derecha solo podrá “gobernar” escondida cobardemente desde la cubierta de un portaviones en el Mar Caribe. Porque sobre esta tierra patria solo manda el aguerrido pueblo venezolano. Un pueblo descendiente de libertadores que jamás será doblegado.

 

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