Héctor Rodríguez Castro / Opinión

18.Mar.2018 / 03:18 pm / Haga un comentario

lectura

Por: Héctor Rodríguez

Si algo había sido considerado inusual, era tener un buen lector con gran curiosidad intelectual en el mismo cuerpo de un político. A veces diera la impresión, cuando escuchamos a quienes ejercen cargos públicos en gran parte del mundo, que ellos y la lectura son como el agua y el aceite.

Pero como siempre, Venezuela tiende a romper los moldes. Aquí gestamos seres excepcionales que con su capacidad para leer, ayudaron al mundo a transformarse. Guerreros intelectuales como Francisco de Miranda y Simón Bolívar, cuyas bibliotecas los antecedían. Sabios como José María Vargas o Andrés Bello. Maestros como Simón Rodríguez. Bodegueros como Ezequiel Zamora, o vegueros, beisboleros y militares como Hugo Chávez Frías.

Cada uno de ellos, leales a su tiempo y constructores de futuro. Un mañana que nunca desestimaron, que siempre vieron allí, y con el cual se sintieron responsables por su compromiso ante la historia.

Cada carta, folio, discurso e incluso conversación informal estaba signada por su reflexión, por su amor a los libros. No solo por su deseo innegable de la trascendencia sino por la necesidad de marcar a quienes tenía a su lado.

Sí. Es esa urgencia de querer que quienes los acompañan en las luchas, los sueños, en el respirar deseos de libertad puedan entender las palabras, las ideas, los razonamientos de quienes se dedican a pensar y escribir, a reflexionar y enseñar.

Y eso solo es posible si logran enamorar a sus congéneres a convertir la lectura en su mejor amante.

Por eso, el castigo en el que los verdugos siempre se afincaron fue el de quitarles los libros, en prohibirles pensar, así como compartir conocimientos y reflexiones. Así le pasó a Miranda y también a Hugo Chávez. Pero eso no los detuvo. Más bien los llevó a profundizar su contagio por las letras.

El comandante supremo lo llevó más lejos que ninguno. Convirtió el aula de Simón Rodríguez en los micrófonos de los medios. Regaló millares de ejemplares de Don Quijote de la Mancha. Soñó y obsequió una biblioteca popular con cuentos y novelas que muchos hogares humildes instalaron en un lugar privilegiado en su vivienda. Abogó por las ferias de libros, las paseó y hasta convirtió en best seller obras que estaban perdidas en los depósitos de las librerías mundiales.

Leyó y enseñó a disfrutar de las ideas de eruditos y politólogos, filósofos y poetas. Recitó en calles y teatros, y le mostró a los venezolanos, nuevamente, el camino a la lectura como un proceso necesario para ser libres.

Ahora, al recordarlo en el quinto año de su siembra, mientras caminábamos entre los espacios colmados de libros de la Feria Internacional del Libro de Miranda, no podíamos menos que escucharlo cuando nos recomendaba leer a Massaros, Gramsci, a Alberto Arvelo Torrealba, al maestro Prieto Figueroa o a Ernesto Che Guevara.

Hugo Rafael, ese que fue Huguito, el arañero o el tribilín en el diamante de la Academia Militar, el jefe de Estado crecido en la sede de la ONU o el compa capaz de tomarse un cafecito recostado en una columna de El Silencio con algunos de los invisibilizados de la tierra, nos dejó un camino sembrado por el amor a los libros, la pasión por las letras, la reflexión profunda y la sonrisa de un amigo que nunca se fue. Solo se quedó muy dentro de nuestros corazones, como un faro de compromiso con los demás y la urgencia de estudiar, de aprender todos los días, para ser mejores ciudadanos y prestar un mejor servicio a nuestra comunidad como la única posibilidad para construir ese futuro brillante de justicia y equidad.

 

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