Opinión / Richard Canan

22.Oct.2014 / 10:50 am / Haga un comentario

En la teoría Weberiana la lógica de la dominación burocrática pretende erigirse como sinónimo de eficacia, orden y efectividad. Sin embargo, como lo señala el propio diccionario de la RAE, el término burocracia trae consigo dos acepciones negativas, a saber “Influencia excesiva de los funcionarios en los asuntos públicos” y la “Administración ineficiente a causa del papeleo, la rigidez y las formalidades superfluas”.

Estas dos acepciones me hicieron recordar al extraordinario humorista cubano, Virulo, quién magistralmente en la canción “El Peloteo” (1987), se burla cruelmente de la tecnoburocracia, y del enjambre de oficinas, recaudos y pasos por los que atraviesa un pobre hombre, quien luego de tener por fin todos los papeles requeridos (con sus respectivas copias y originales), le dicen que sin cuño (sello) no tienen validez alguna. Con optimismo y paciencia ese hombre bregó, con sus papeles bajo el brazo, hasta que al final del viacrucis le dijeron que el sello no hacía falta. El coro de esa canción dice repetidamente, en voz altanera y altisonante:

El Director está en reunión,

El subdirector, no está en la empresa.

La secretaria anda perdida,

Y a mí me duele mucho la cabeza.

El secretario, merendando,

La oficinista, se ha ausentado,

Tuvo problemas personales,

¿No ve que estamos todos ocupados?

El burocratismo se ha convertido, en las sociedades modernas, en una trama perversa, en una historia de terror, con tal fuerza e impacto que logra enajenar, obstaculizar, desvirtuar o evitar cualquier tarea u objetivo, por más buena intención que se tenga, por más voluntad que se ponga, por más urgente o planificada que sea la tarea. Hasta la más sencilla idea, puede convertirse en un infierno y terminar teniendo más pasos y escalones que una escalera sin fin.

A cada nueva tarea o misión surge la inmediata, prioritaria e insaciable necesidad de contratar ingentes cantidades de recursos humanos (sin aprovechar los existentes o la tecnología) y de crear infinitos e interminables manuales que solicitan y exigen cientos de recaudos, planillas, copias, duplicados y certificaciones. En algunos casos, se llega al descaro de detallar el color preferido de las carpetas, el estilo de los ganchos y hasta la forma de colocar las grapas. Todo con gran detalle y creatividad (digno de un Premio Nobel al mejor ingenio burocrático). Se crean pasos interminables. Un laberinto sin fin, que consume y arroja a los ciudadanos de oficina en oficina y de taquilla en taquilla, las cuales, en la mayoría de los casos, están concentradas en las grandes ciudades, obligando al continuo desplazamiento de la gente.

La burocratización de las tareas, la pedidera de papeles y requisitos, termina convirtiéndose en la profesión preferida de los burócratas, los cuales ocasionan un creciente malestar entre la administración, los servidores públicos y los usuarios.

La creación de infinidad de normas y requisitos va dificultando la gobernabilidad y la capacidad de procesar y transmitir las instrucciones adecuadamente en toda la línea de mando, lo que va generando el incremento de la discrecionalidad y la interpretación creativa en cada instancia (parcela o conuco) de la línea de mando. Cuando aumenta la demanda (volumetría), el burócrata colapsa bajo el volumen de la gran cantidad de trámites y procesos acumulados. A esto se le suman todas las indecisiones, errores o la falta de proactividad para buscar soluciones oportunas. En resumen, el colapso total.

Así dentro de la administración siempre se encuentra el burócrata que gasta su tiempo en inventar nuevos o infinitos pasos que muchas veces nadie entiende o que son imposibles de cumplir. “Electrones libres” creando prolijamente recaudos a discreción.

La creación de “nuevos deberes formales”, de papeleo burocrático, evita y dificulta (faltaba más), que los actores responsables puedan poner toda su energía y capacidades en lograr cumplir con los objetivos o la misión planteada, hacerlo de manera adecuada, eficientemente y en el momento oportuno.

Es bueno ratificar, que todos estamos en la obligación de cumplir al pie de la letra con las normas legales, fiscales y contraloras: cumpliendo las normas administrativas, utilizando correctamente los recursos públicos y cumpliendo los procesos contralores. Debemos combatir la perniciosa tendencia a la duplicidad de solicitudes y a la creación de docenas de formatos inútiles, fútiles e intrascendentes, muchos de los cuales se piden y nadie sabe quién los creó o para qué, si están vigentes u obsoletos; y luego se pudren amarillentos, arrumados en algún archivo muerto. Nadie piensa en el usuario, en sus necesidades y en las posibilidades reales que tiene de enfrentar al intimidante aparato burocrático.

El Che razona en “Contra el burocratismo” (1963), sobre las razones de la persistencia y enquistamiento de la lógica burocrática en la administración. De su análisis, podemos encontrar un camino que oriente y guie las acciones que requerimos para avanzar en la tarea de combatir la burocracia. En primer lugar, señala “la falta de motor interno. Con esto queremos decir, la falta de interés del individuo por rendir su servicio al Estado y por superar una situación dada. Se basa en una falta de conciencia revolucionaria o, en todo caso, en el conformismo frente a lo que anda mal”. Una segunda causa recae en “la falta de organización. Al pretender destruir el “guerrillerismo” sin tener la suficiente experiencia administrativa, se producen disloques, cuellos de botellas, que frenan innecesariamente el flujo de las informaciones de las bases y de las instrucciones u órdenes emanadas de los aparatos centrales. A veces éstas, o aquellas, toman rumbos extraviados y, otras, se traducen en indicaciones mal vertidas, disparatadas, que contribuyen más a la distorsión. La falta de organización tiene como característica fundamental la falla en los métodos para encarar una situación dada.” Y en tercer lugar, “la falta de conocimientos técnicos suficientemente desarrollados como para poder tomar decisiones justas y en poco tiempo. Al no poder hacerlo, deben reunirse muchas experiencias de pequeño valor y tratar de extraer de allí una conclusión”.

Estas palabras del Che retumban en nuestros oídos y en la autocrítica que hacen los ciudadanos a la hora de identificar y señalar los obstáculos que impiden avanzar y profundizar los logros de la Revolución. Prácticas heredadas del Estado Burgués, se convierten en un muro de contención que obstaculiza, dificulta, cercena o impide el avance de iniciativas, la solución a los problemas o el desarrollo de las potencialidades de las comunidades.

Esto se ve y se palpa sobre el terreno. A la lógica burocrática hay que diseccionarla para entenderla, contenerla y desmontarla. Hay que redificar nuevas vías y fórmulas para facilitar la vida cotidiana de la gente. Es necesario inocular “vacunas” desburocratizadoras: mejorando la formación y capacitación integral, desarrollando una única línea de mando, con eficientes mecanismos de comunicación e integración. Utilización prioritaria de la tecnología, de las redes informáticas, que son herramientas para facilitar la solución de los problemas de la gente.

Para combatir la mentalidad burocrática a veces no vale la pena desatar nudos, hay que cortarlos.

Como señaló Mao Tsetung (1953), “Si reforzamos nuestro trabajo de dirección y mejoramos nuestros métodos de dirección, se reducirá gradualmente la incidencia del burocratismo”.

Richard Canan

Sociólogo

@richardcanan

 

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