Opinión / Richard Canan

13.May.2015 / 09:05 am / Haga un comentario

Richard Canan

Sociólogo

@richardcanan

Protestas, saqueos, tropas desplegadas, tanques en las calles, toque de queda. Un inmenso despliegue policial y militar para contener a furiosos manifestantes. El escenario no es África, Europa o América Latina. Es en Baltimore, en el estado de Maryland, en la costa este de Estados Unidos. No se confunda, no están filmando una película de Hollywood. Las víctimas y los manifestantes no son actores, son el pueblo afroamericano históricamente excluido, discriminado, explotado y, una vez más, reprimido.

Este es el metarrelato de una realidad inoculada en los genes de la sociedad norteamericana. Durante más de dos siglos, las clases dominantes, con el Destino Manifiesto como sustento ideológico, han expoliado y oprimido a sus habitantes. Primero a los indígenas americanos (Native American), los cuales fueron sistemáticamente despojados de sus tierras, exterminados y los sobrevivientes confinados a “reservas” (Indian Reservations). Estos métodos de dominación se implementaron luego en las plantaciones y en las factorías, en donde esclavizaron a los afrodescendientes cazados en las costas de África. Los afrodescendientes, siempre oprimidos, pasaron directamente de las plantaciones a los guetos construidos para confinarlos, para tenerlos bajo control. Esta cultura sembrada desde la época colonial es la madre de los oprobiosos y vergonzosos mecanismos de discriminación racial, exclusión y desigualdad que cohabitan al interior del pueblo norteamericano y perduran con fuerza hasta nuestros días.

La discriminación contra los afrodescendientes es una tara que resulta en menos oportunidades de estudio y trabajo, menos ingresos y más desempleo. El odio hacia la población más humilde y excluida de Estados Unidos, se expresa a través de la violencia de Estado, ejercida impunemente por las fuerzas policiales, con el respaldo y apoyo del sistema de justicia, dominado mayoritariamente por la raza blanca (recordando una vez más a los WASP: White, Anglo-Saxon and Protestant). La brutalidad policial, no es gratuita ni casual, es una política tolerada y estimulada por las fuerzas dominantes. Solo que ahora hay cámaras, miles de cámaras, millones de cámaras, que registran los abusos y los exponen a la opinión pública sin pasar por CNN o la censura mediática.

Si esto sucediera en cualquier otro lugar del planeta ya la ONU se hubiera pronunciado y estuviera preparando una misión “humanitaria” de cascos azules. Una larga lista de Ongs con nombres pomposamente creados para la ocasión y países “altamente” preocupados, ya se hubieran pronunciado declarando su solidaridad y total apoyo a esta nueva revolución de colores, levantada en contra del régimen opresor que viola cruelmente los derechos humanos de su pueblo. Pero no. Los disturbios ocurren en el seno del imperio norteamericano, el más poderoso e inmoral del planeta. El amo que les paga. Por eso no dicen ni pio. Guardan conveniente silencio y para no morder la mano que los dirige, justifican que es un asunto doméstico, interno, que solo lo deben resolver las autoridades de Maryland.

Muerte en Baltimore: un asunto cotidiano y doméstico

El 19 de abril de este año, el mundo entero contempló como la ciudad de Baltimore se convirtió en escenario de manifestaciones y acciones de protesta, luego del vil asesinato del joven afroamericano Freddie Gray. Falleció debido a graves lesiones en su espina dorsal ocasionadas por las fuerzas policiales tras ser arrestado en plena calle. Su detención fue grabada por varios residentes, logrando captar a los efectivos de la policía de Baltimore reduciéndolo y golpeándolo en el piso. La muerte de Gray generó marchas y protestas masivas en varias ciudades de Estados Unidos, exigiendo el cese de la violencia sistemática de la policía blanca contra la población afroamericana. Hasta el Reverendo Jesse Jackson denunció enérgicamente: “La sangre de los inocentes continúa para redimir y renovar la energía de la gente para luchar por la justicia”. Una tras otra se repiten las muertes y ni siquiera el Presidente Obama puede evitar la cultura de la brutalidad policiaca, especialmente la aplicada contra la población afrodescendiente.

Las acciones represivas no se hicieron esperar, y en el seno del imperio más “democrático” del universo, sus autoridades decretaron sin pena alguna el Toque de Queda (suspensión de derechos ciudadanos como el libre tránsito y detenciones sin orden judicial), y ordenaron el despliegue de 3.000 efectivos de la Guardia Nacional, equipados como para una batalla contra el enemigo Talibán.

Las protestas en Baltimore son similares a las ocurridas en agosto del 2014 en Ferguson, debido a la muerte del adolescente afroamericano de 18 años, Michael Brown, asesinado de seis disparos por un policía blanco a pesar de estar desarmado. Pese a esto, el Gran Jurado impartió justicia, exonerando al policía blanco de toda responsabilidad, sentencia que generó el descontento y la furia de la comunidad. Siempre es la misma historia: discriminación, exceso policial, muerte e impunidad.

El génesis de la discriminación racial

El 4 de Julio de 1776 las 13 Colonias del Norte realizaron su Declaración de Independencia separándose de la Corona Británica. En su texto fundacional señalaron que: “todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados”. Claro, cuando utilizaron el término “todos los hombres” ni remotamente hablaban de los afroamericanos ni los indígenas, los cuales nunca fueron sujetos de derecho. La producción de algodón requería cada vez más mano de obra barata y los esclavos eran solo una “propiedad” que el amo utilizaba en su beneficio económico.

En 1865, luego de la Guerra de Secesión, es abolida constitucionalmente la esclavitud en Estados Unidos, mediante la aprobación de la Decimotercera Enmienda. Sin embargo, la población afrodescendiente, siguió por casi otro siglo, viviendo bajo un férreo sistema de segregación racial, víctima de una serie de leyes estadales que obstaculizaban y anulaban en la práctica, el pleno ejercicio de los derechos que la Constitución les otorgaba.

Los estados conservadores y con fuertes reminiscencias esclavistas, implementaron discrecional y libremente las denominadas “leyes de Jim Crow”. Estas legislaciones locales permitían la segregación racial, mediante la separación de espacios para blancos y afrodescendientes en escuelas públicas, viviendas, baños, restaurantes y el transporte público. Tampoco se permitía el ingreso a las universidades y se crearon “obstáculos” que imposibilitaban el ejercicio del voto (se exigía saber leer y escribir, tener posesiones o pagar un impuesto electoral).

“Separados pero Iguales” era la lógica que guiaba esta mezquina práctica de discriminación humana, ejercida por décadas por las clases dominantes en contra de los afrodescendientes. Ya no existía legalmente la esclavitud, pero se mantenía el racismo y la discriminación, reduciendo las oportunidades educativas y laborales.

Fue a partir de las luchas del Movimiento por los Derechos Civiles (con sus líderes, desde Rosa Parks hasta Martin Luther King), que se logró la promulgación de Ley de Derechos Civiles en 1964, donde se prohibió la aplicación desigual de los requisitos de registro de votantes y la segregación racial en las escuelas, bancos de sangre, en el lugar de trabajo e instalaciones que sirvan al público en general; y la Ley de Derecho de Voto en 1965, que acabó con todos los mecanismos para restringir el derecho al voto en todas las elecciones, por condición de raza o social (aunque aún se mantiene vigente el sistema de Colegios Electorales, de elección en segundo grado, donde la gente vota por delegados, en vez de elegir directamente al presidente).

Todas estas leyes contra la discriminación racial no han evitado que los afroamericanos sigan manteniendo elevados niveles de exclusión y visto limitado su acceso a servicios esenciales de salud, educación y alimentación. Más del 35% de la población afroamericana vive o sobrevive bajo niveles de pobreza. Esto los hace carne de cañón para las expresiones de odio, racismo y discriminación social, principalmente por parte de las fuerzas policiales y del sistema judicial, dominado por neoconservadores de raza blanca. Aún hay un largo camino por recorrer para derrotar todas las formas de discriminación y exclusión social.

La doble ética de los medios de comunicación

La Primavera Gringa, así hubiesen titulado a todo color los medios internacionales si las protestas de Baltimore ocurriesen en cualquier otro país. Pero no, al estar en el seno del imperio norteamericano y ser un tema “domestico” altamente incómodo y vergonzoso para el mayor generador, manipulador y creador de opinión publica del planeta, los grandes medios han “moderado” la noticia y han intentado ponerla como miscelánea debajo de los titulares deportivos y de la farándula. Que desfachatez y descaro, ocultar las desigualdades y la discriminación racial.

Y es que reflejar la crisis que vive el pueblo afrodescendiente no es fácil para los White, Anglo-Saxon and Protestant, dueños de los principales medios de comunicación del planeta y cómplices por varias generaciones de la discriminación racial. Algunos medios han ocultado el impacto noticioso de los casos de brutalidad policiaca, los asesinatos y agresiones contra la población afroamericana. Esta despreciable prensa solo ha puesto el ojo (y sus cámaras) en las protestas donde la masa indignada ha exteriorizado su frustración e impotencia.

Afortunadamente, la masificación e instantaneidad de las redes sociales ha permitido ver las imágenes de las acciones de brutalidad policial ejecutadas por los policías blancos en contra de la población afroamericana y han visibilizado la elevada organización de cientos de movimientos sociales pacíficos que han elevado la voz en contra de esta nueva oleada de acciones de violencia y abuso policial.

Las causas de la violencia han sido ocultadas por los grandes medios. Es un silencio cómplice y mezquino. Los reclamos de los familiares de las víctimas y de los indignados han sido ocultados e invisibilizados a conveniencia, para resguardo de los grupos de poder. Los grandes medios ya han demostrado que pueden crear guerras y amenazas a la Seguridad Nacional (preguntar en Irak por las armas de destrucción masiva), por lo que no deben quedar dudas de su capacidad para ocultar y negar los hechos indeseables para el establishment.

El pueblo afroamericano de Baltimore, de Ferguson y de tantas otras ciudades de Estados Unidos se ha levantado nuevamente contra la injusticia, contra las nuevas formas de discriminación y segregación racial. Todos coinciden en estar frente a casos fragrantes de violación sistemática de los Derechos Humanos.

Mientras esto ocurre en las narices del imperio norteamericano, los halcones gringos, cargados con su hipocresía y su doble moral siguen persiguiendo y acosando al resto del mundo, buscando “opacidades” en sus sistemas democráticos, políticos, sociales y hasta culturales. Así vive el mundo, bajo el acoso de un Sheriff implacable que no puede caminar plácidamente por las plazas y parques públicos de Baltimore o Ferguson.

 

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