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Donald Trump, presidente momentáneo de Estados Unidos, es presa de todos los miedos. Le teme a la paz, a las opiniones diversas, a las feministas y a los homosexuales. No se siente cómodo al lado de un afroamericano, ni de un africano, de un musulmán, o de un católico. Tampoco quiere cerca a un latinoamericano de habla castellana, inglesa o francesa. No le gustan los ecologistas, los intelectuales críticos ni los que creen en el método científico. Y como su antecesor Ronald Reagan, ve comunistas hasta en la sopa.
En su imaginario todo el mundo está bajo sospecha perenne. La Unión Europea, sujeto de humillación, maltrato e intimidación, no es más que una reunión de pedigüeños que no merece respeto que se hacen pasar por aliados de ocasión. De la Organización de las Naciones Unidas no tiene las mejores consideraciones y menos desde “suceso” de la escalera mecánica, que tanto hirió su orgullo.
Busca que busca enemigos con los cuales poder alimentar su frenética, ególatra y belicosa personalidad, ataca al universo entero. ¿A quién no ha insultado este accidente de la política estadounidense? En su primera administración fueron noticia, por ejemplo, el desplante hecho a la entonces Canciller alemana, Ángela Merkel o los ataques públicos al primer ministro canadiense, Justin Trudeau, a quien llamo “sumiso” y débil”.
Y en este nueva estadía en la Casa Blanca han ocupado espacios de primera plana los regaños en vivo y directo a Volódimir Zelenski, presidente de Ucrania y la emboscada realizada al presidente de Sudáfrica, Ciryl Ramaphosa, a quien acusó de no hacer nada para impedir supuestos ataques en contra de granjeros blancos de su país, “denuncia” que, por cierto, no es más que una represalia tras el apoyo del gobierno africano al pueblo palestino.
Por supuesto que Trump no está solo. Hay que reconocer que también tiene amiguitos, pues como siempre hay excepciones. Y este caso tales mucho dicen de sus valores éticos y morales. En su lista de más queridos figuran primero el Estado de Israel y su primer ministro, Benjamín Netanyahu, a su juicio, adalides de la democracia y la sociedad occidentales. Aunque desde hace décadas como consecuencia de su accionar la muerte, el hambre y la destrucción azoten al pueblo palestino.
Alfredo Carquez Saavedra
alfredo.carquez@gmail.com
Caracas