Opinión / Noticias / Carolys Helena Pérez González

25.Ago.2026 / 09:47 am / Haga un comentario

Foto: @carolyshelena

Por Carolys Helena Pérez González / @carolyshelena

Vivimos una época que será recordada por las generaciones futuras como el momento en que la humanidad comenzó a reorganizar el rumbo de su historia. Lo que durante décadas parecía inamovible hoy se transforma ante nuestros ojos. Cambian las relaciones de poder, emergen nuevos actores en el escenario internacional y se abre paso un mundo que ya no acepta la hegemonía de un solo modelo político, económico o cultural.

La pregunta no es si el cambio llegará. La verdadera pregunta es cuál será nuestro papel dentro de él.

Durante demasiado tiempo nuestros pueblos fueron tratados como espectadores de decisiones tomadas desde otros centros de poder. Sin embargo, hoy asistimos al nacimiento de una nueva realidad en la que las naciones del Sur Global, los movimientos sociales y los pueblos organizados tienen la posibilidad de convertirse en sujetos activos de la transformación histórica.

No somos objetos del cambio, somos protagonistas de este tiempo. Eso implica asumir una enorme responsabilidad colectiva, significa comprender que el nuevo orden mundial no se construirá únicamente en los grandes foros internacionales, sino también en las comunidades organizadas, en nuestros espacios de encuentro, en lo común, en las organizaciones populares, en la capacidad de nuestros pueblos para producir, cuidar, educar, innovar y construir solidaridad.

Mientras algunos insisten en preservar un modelo basado en la exclusión, el individualismo y la concentración de la riqueza, millones de personas demuestran cada día que existen otras formas de hacer política y de construir sociedad. Allí donde florece la organización popular también nacen redes de cuidado, economías solidarias y nuevas maneras de relacionarnos desde la cooperación y no desde la competencia.

Ese es uno de los mayores aprendizajes de nuestro tiempo: cuando el pueblo se organiza, encuentra soluciones que muchas veces superan las respuestas tradicionales del poder económico.

No tendría sentido aspirar a regresar al mundo que conocimos. Ese modelo dejó profundas desigualdades sociales, aceleró el deterioro ambiental y convirtió derechos fundamentales en privilegios para unos pocos. Pretender volver exactamente al mismo punto sería ignorar las lecciones que la historia nos ha dejado.

La transición que vivimos no será breve ni sencilla. Todo proceso histórico profundo exige paciencia, conciencia política y capacidad para construir consensos. Pero precisamente allí reside nuestra mayor oportunidad: tenemos el tiempo para imaginar nuevas respuestas, fortalecer nuestras instituciones, consolidar la integración entre los pueblos y avanzar hacia un modelo de desarrollo que coloque al ser humano y a la naturaleza en el centro de las decisiones.

Venezuela conoce bien el valor de resistir y reinventarse. Nuestro pueblo ha demostrado que, incluso en las circunstancias más complejas, es capaz de organizarse, producir esperanza y defender su derecho a decidir su propio destino Hoy más que nunca debemos apostar por una sociedad donde la paz no sea solamente la ausencia de conflictos, sino la presencia de justicia social; donde el derecho a la salud, a la educación, al trabajo digno y a la vida sean garantías reales para todas y todos; donde el cuidado deje de ser una responsabilidad individual para convertirse en un compromiso colectivo.

El mundo está escribiendo un nuevo capítulo de su historia. La decisión que tenemos por delante es sencilla, pero trascendental: observar cómo otros redactan ese futuro o asumir la responsabilidad de escribirlo junto a nuestro pueblo.

Yo elijo ser parte de quienes construyen.

Siempre venceremos, que no se nos olvide ¡Palabra de mujer!

 

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