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Foto: Cortesía
Por Geraldina Colotti
Unirse para compartir, no para competir. Unir a los pueblos para que decidan y no para subyugarlos. Juntar recursos para distribuirlos y no para que unos pocos se le roben. Unirse para hacer un frente común, contra el enemigo común, que impide el camino hacia un horizonte común.
La reunión extraordinaria de los países del ALBA, la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, fundada en 2004 por Cuba y Venezuela (que ahora ejerce la presidencia), ha mostrado una vez más la distancia, en términos de principios y estrategias, con las reuniones que se están produciendo estos días en Bruselas, en el seno de la Unión Europea, convulsionada por la guerra arancelaria anunciada por Donald Trump.
Donde en Europa se habla de cierres y de muros, de deportaciones y de miles de millones para guerras imperialistas y para “proteger las fronteras”, en el encuentro de el ALBA se habló de recursos y de saberes compartidos, del fin del bloqueo criminal a Cuba, y de un banco del ALBA para financiar los proyectos de migrantes perseguidos por los cierres xenófobos de los países capitalistas.
En las palabras y los proyectos de los presidentes que intervinieron después la introducción de Nicolás Maduro, se ha podido entender por qué el imperialismo ha puesto tanto empeño en tratar de desmontar la integración latinoamericana desde dentro, y ha atacado frontalmente su pilares económicos y políticos: Venezuela, Cuba, Nicaragua…
Países cuyos gobiernos, fuertes en una historia de resistencia y dignidad, que se renueva con cada ataque imperialista, apuestan por la solidaridad, la complementariedad, la justicia social y la cooperación entre los pueblos: es decir, por el socialismo.
Por ello, los movimientos populares del ALBA acompañan y estructuran las propuestas de sus gobiernos en las cumbres internacionales, donde deben enfrentar a los representantes de la globalización capitalista, que pone en el centro los intereses del “dios mercado”.
Los eurócratas de la Unión Europea utilizan la retórica sobre valores, derechos y una agenda común para hacer un carnaval al servicio de los poderosos; y dejar a las clases trabajadoras la gestión de un fetiche vacío (la democracia burguesa) con el que, aunque voten, no deciden, sino que pagan el peso de las malas decisiones de las clases dominantes.
En realidad, no es la Europa de los pueblos que se formó tras la caída de la Unión Soviética, sino el débil intento de gestionar la balcanización del mundo por cuenta del gran capital internacional dominado por el imperialismo norteamericano: terminando por apoyar a su opciones más autodestructivas, como se ve en el caso de las “sanciones” contra Rusia, y no sólo.
La llegada de Trump anuncia una fase de guerras comerciales y demagógicas, que se cruzan con la geopolítica y prometen dominar adecuadamente a Europa Occidental como ya ha sucedido con Europa del Este.
Una situación que ha puesto a las élites europeas, convencidas de que podían governar su propio jardín, frente a su propia impotencia y subordinación: frente al caos de un capitalismo en crisis estructural que estalla en todos sus capítulos, pero que desgraciadamente no encuentra, en Occidente, un adversario que, representando vigorosamente los intereses de los sectores populares, sabe sacar ventaja de este caos.
Y, de hecho, aquí viene la nueva provocación de Elon Musk: “Gente de Europa: únanse al movimiento Mega”, escribió el multimillonario estadounidense en una publicación en X. Mega es un acrónimo de Make Europe great again (Hagamos que Europa vuelva a ser grande). Un eslogan que imita el estribillo electoral de Trump, “Make America great again”, con el acrónimo Maga transformándose en Mega.
El primer ministro húngaro, Viktor Orban, ya había tenido la idea el año pasado, cuando ocupaba la presidencia rotatoria de la Unión Europea. Ahora, sin embargo, Musk, el hombre más rico del mundo que piensa balcanizar los cerebros con el poder desmedido de las plataformas, después de haber entrado con fuerza en las elecciones que se avecinan en Alemania, para favorecer aún más a los nazis de Afd, y haber tronado contra el progresismo insulso de Keir Starmer en el Reino Unido, al que califica de “despreciable”, ahora arroja otra gran piedra al estanque europeo en nombre de Trump.
De esta manera, se pretende dinamizar los contextos regionales y hacerlos más abiertos a la negociación: porque, en cualquier caso, todo sigue siendo un negocio. En esta línea, la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, fanática de Trump y Musk, ya se está moviendo y, tras ser recompensada por ellos (con premios y invitaciones), espera utilizar las redes satelitales de Musk, cerrando un contrato de 1.500 millones de euros.
Un acuerdo que amenazaría directamente el proyecto espacial europeo Iris, y es también por eso que Meloni intenta asumir el papel de mediadora entre el dueño estadounidense y la Ue.
Al socavar el equilibrio del Estado burgués desde dentro, el tecnofeudalismo proteccionista de Trump –la otra cara del “caos controlado” imaginado por la OTAN– está haciendo estallar su caparazón. Y cuando estallan las guerras entre pandillas, no hay descuento por nadie.
Lo vemos periódicamente con la extrema derecha venezolana, cuyos negocios sucios están siendo ahora expuestos sin escapatoria incluso por sus padrinos norteamericanos: quienes, para imponer los nuevos mandos, confirman lo que el gobierno bolivariano siempre ha denunciado, por ejemplo con respecto a la USAID y a sus numerosos tentáculos, que también son muy activos en Europa.
Por supuesto, el juego para las clases trabajadoras, sin una alternativa capaz de silenciar al enemigo, es mucho más difícil que durante el siglo XX. Pero el ejemplo de ALBA cuenta, y es capaz de traer de nuevo al presente las famosas palabras de Mao: “Grande es el desorden bajo el cielo, por lo tanto la situación es excelente”.
Resúmen Latinoamericano