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11.Ago.2018 / 01:52 pm / Haga un comentario

Foto: Misión Verdad

Foto: Misión Verdad

Unas horas después, ileso frente a las cámaras, el mismo Maduro adjudicaría las razones del atentado a los intereses empresariales y foráneos afectados por el Programa de Recuperación Económica, cuyas primeras líneas fueron lanzadas una semana antes en cadena nacional.

En este contexto, Maduro pasó al club de presidentes víctimas de intentos de magnicidio en reiteradas oportunidades, liderado por Fidel Castro con 638 intentos frustrados de asesinato en su contra. Entre esos intentos se enumeran puros con veneno, explosivos, un traje de buzo para que se le cayera la piel, y un químico para que se le cayera la barba.

Según Pedro Etcheverry, analista del Centro de Investigaciones de la Seguridad de Cuba, este tipo de tácticas son recurrentes cuando Estados Unidos “no puede comprar ni convencer” a los presidentes que adversan su política a nivel global.

La estatura del presidente venezolano justamente se mide en que tan solo, en los últimos años, se han abortado, al menos, ocho atentados contra su vida. Desde un avión Tucano con planes de bombardear Miraflores, pasando por la utilización de francotiradores, muchos han sido los intentos por trasladar el tiroteo mediático a una fase física que alterara por completo su trayectoria como líder político del chavismo.

Sumándole a eso el evidente intento de eliminar a la mayor parte del alto mando político-militar que en los últimos años ha sido el principal dolor de cabeza de Estados Unidos.

Por lo que el magnicidio “en grado de frustración” lo que hace, por un lado, es realzar su figura como líder político, mientras que por otro ubica políticamente a quienes aún, al día de hoy, dudan de su capacidad de conducir a uno de los países más nodales de la política mundial en este momento.

Si en ese sentido los autores intelectuales de este fallido atentado quisieron generar una conmoción social que retrotrajera el país hacia una nueva espiral de conflicto y violencia, lo que generaron fue exactamente lo contrapuesto, al obligar a cerrar filas en el chavismo en uno de los momentos más importantes de su historia como movimiento político.

El contexto del fallido atentado explica esta sentencia en toda su dimensión, dado que revela las razones de fondo de su realización. Porque se da luego de que Maduro le diera cauce al conflicto político con la oposición local, apoyada desde el exterior, una vez que ésta puso en riesgo la estabilidad del orden institucional diseñado por Hugo Chávez con la Constituyente de 1999.

En este entorno, la muerte del creador de esta Constitución dio lugar a una estrategia basada en agudizar los efectos del ciclo de bajos precios petroleros para reordenar todo el esquema de reglas y normas del sistema político venezolano sin la participación del chavismo.

Una misma operación geopolítica que a nivel regional se encuentra limpiando el juego político interno a partir de construir naciones cada vez más dependientes y tuteladas desde el extranjero, como si el continente hubiese regresado a una especie de etapa de modernización del esquema de dictaduras de los años setenta, bajo el fin de asegurar un mayor control por parte de Estados Unidos de lo que todavía considera como su “patio trasero”.

Maduro es uno de los pocos liderazgos latinoamericanos que desarticuló esta estrategia en lo político, salvaguardando el orden institucional ideado por la Revolución Bolivariana.

Sin embargo, el Presidente también ha sido claro en la necesidad de realizar una transformación económica e institucional que amolde el país a la necesidad de ir hacia un “post rentismo petrolero”, dadas las características cíclicas de las crisis económicas venezolanas simplificadas en aquella frase que habla de que en Venezuela “hay ciclo bajos y altos del petróleo”.

En esta trayectoria, la ruta política marcada en sus últimas alocuciones ha sido evidente en situar una trayectoria que inicia con la consolidación de una paz política, continúa con una estabilización de la economía descendiendo de jerarquía la importancia del petróleo, y termina con el armado de una reingeniería institucional del pacto social expresada en la Carta Magna venezolana.

El anuncio de las medidas del Programa de Recuperación Económica, enfocadas sensiblemente en el tema cambiario, vislumbran el empeño de Maduro por empujar un nuevo consenso en la sociedad venezolana que genere un piso de estabilidad al país, basado en depender cada vez menos de un petróleo que se comercializa en mercados financieros totalmente controlados por un Estados Unidos que bloquea al país.

En este contexto, el fallido atentado cohesiona a las fuerzas del chavismo alrededor de Maduro en un momento sensible en el que debe mover medidas de largo alcance, cuya efectividad depende en gran parte de la capacidad de imponerlas a factores de poder internos que le deben su poder al actual orden económico dependiente del petróleo.

Además, el magnicidio en “grado de frustración” demuestra la necesidad de descarrilar por la vía de la fuerza cualquier posibilidad de que Venezuela consolide un nuevo tipo de orden interno, dada su condición geopolítica de amenaza a los intereses estadounidenses en Latinoamérica.

Ni las oligarquías locales, ni los poderes profundos de Estados Unidos, necesitan de una nueva Cuba en América Latina que no les permita cerrar su nuevo esquema de dominio de la región.

Por lo que el atentando fallido contra Maduro simboliza en toda su dimensión el nuevo plano existencial hacia donde avanza Venezuela, un camino culebrero repleto de peligros donde el conflicto geopolítico ha desbloqueado un nuevo nivel de violencia que intentará recrudecer ahora que justamente se define el futuro de la República en los próximos 20 años.

 

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