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Por Ramón Lobo
Las recientes declaraciones de la presidenta encargada Delcy Rodríguez, junto con la información divulgada por el Banco Central de Venezuela, permiten observar que, en medio de una situación compleja, la economía venezolana muestra un desempeño favorable, con señales en producción, empleo, consumo y protección social.
El Producto Interno Bruto creció 7,14% durante el segundo trimestre de 2026, acompañado por un incremento de 9,10% en la actividad petrolera y de 5,79% en la actividad no petrolera. En el caso venezolano, la recuperación petrolera mantiene un papel de apalancamiento por su capacidad de generar divisas, ingresos fiscales, inversión, demanda de servicios y encadenamientos productivos; al mismo tiempo, el avance no petrolero muestra cómo ese impulso se expresa en áreas concretas de la economía nacional.
La composición sectorial confirma la importancia de esa lectura. Las actividades financieras y de seguros crecieron 26,26%, la construcción 16,11%, información y comunicaciones 7,70%, alojamiento y servicios de comida 6,19%, transporte y almacenamiento 5,63%, agricultura 5,61% y comercio 5,11%. Detrás de esos datos hay crédito, obras, conectividad, movilidad, abastecimiento, servicios, turismo interno, intercambio comercial y capacidad de consumo.
En materia de precios, el Banco Central de Venezuela informó que el Índice Nacional de Precios al Consumidor registró en agosto de 2026 una variación intermensual de 8,9%. Aunque sigue siendo un registro exigente para los hogares y para la actividad productiva, la desaceleración frente al mes anterior constituye un dato importante dentro del esfuerzo de estabilización macroeconómica.
A la situación expuesta se suma la expansión de acuerdos energéticos y operativos con empresas como Chevron, Eni, GE Vernova, Primavera Infinita y GeoPark, lo que confirma un mayor interés internacional en áreas petroleras, gasíferas, eléctricas y de servicios conexos. No se trata solo de nombres empresariales, sino de capacidades asociadas a inversión, tecnología, recuperación de infraestructura y encadenamientos industriales. En la economía venezolana, esa activación puede traducirse en empleo, servicios industriales, transporte, construcción, demanda interna y mayor capacidad de financiamiento nacional.
La dimensión social es inseparable de esta discusión. La presidenta encargada ha señalado que el ingreso de los trabajadores aumentó 50% durante el año y que el consumo registró un crecimiento de 25% entre 2025 y 2026. Al avanzar en la recuperación económica, se fortalece el poder de compra, mejoran las condiciones laborales y se amplían las posibilidades de consumo de la población.
En esa misma dirección, el diálogo sostenido con sectores productivos, sindicales, gremiales y empresariales expresa una línea de articulación fundamental para consolidar la recuperación. La economía requiere inversión, estabilidad laboral, paz social, financiamiento y coordinación entre el Estado y los actores productivos. Esa relación permite ordenar esfuerzos, alinear capacidades y convertir objetivos nacionales en resultados concretos. A través de espacios como el Consejo Nacional de Economía, la conducción pública y la participación de los sectores productivos fortalecen una agenda común de trabajo, inversión y desarrollo nacional.
El hecho económico venezolano, en estos momentos, se expresa como una relación entre crecimiento, producción y justicia social que, en medio de condiciones complejas, articula capacidades productivas, contribuye al esfuerzo de estabilización macroeconómica y orienta sus resultados hacia el bienestar concreto de la población.
@RamonLoboMoreno