Opinión

11.Abr.2018 / 11:53 am / Haga un comentario

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Por: Hernán Mena Cifuentes

El golpe de Estado del 11 de abril de 2002 contra Hugo Chávez, en Venezuela, el encarcelamiento de Luiz Inácio Lula da Silva el 7 de abril de 2018, en Brasil, y demás eventos similares registrados en América Latina en los últimos 16 años se inscriben en la conjura desestabilizadora que adelantan Estados Unidos y sus lacayos, gobernantes de Estados vasallos europeos y latinoamericanos, para derrocar gobiernos progresistas y revolucionarios, sojuzgar sus pueblos y adueñarse de sus ingentes recursos naturales.

El imperio ya no lo hace con sus cañoneras repletas de marines, piratas del Mar Caribe que invadían naciones y asesinaban a sus líderes para imponerles sanguinarios dictadores y sumisas pseudo democracias; testaferros que gobernaban en su nombre recibiendo como pago las migajas que en dólares les arrojaba su amo, ni con la brutalidad de los judas venezolanos que el 11 de abril segaron decenas de vidas inocentes.

Hoy lo hace a través del golpe suave, aplicado primero en Asia y África, y luego en América Latina con su modalidad de golpe parlamentario a Lugo en Paraguay, a Zelaya en Honduras y a Dilma en Brasil, coup d’ Etat al que siguió el juicio por corrupción contra Lula, aberración jurídica que culminó con la condena que lo sentenció a más de 12 años de cárcel.

Pero los fascistas escogieron mal al conspirar contra Venezuela. En abril de 2002, olvidando que “todo 11 tiene su 13”, día que el pueblo y la Fuerza Armada Nacional Bolivariana en menos de 48 horas restituyeron en el poder a Chávez, espantando a los golpistas que en Miraflores se disponían a devorar en un festín de buitres lo que creían que era el cadáver de la Revolución Bolivariana, que como el Ave Fénix resurgió y alzó vuelo sobre las ruinas.

Chávez debió transitar antes de su liberación por un calvario de dos días, a partir del mismo momento que se entregó, en noble gesto de amor por su pueblo, para evitar la masacre que el grupo de traidores militares, cómplices de la canalla golpista de politiqueros de oficio, amenazaba con desatar, si no lo hacía, contra los miles de hombres, mujeres, ancianos y niños que en avalancha humana bajaron de los cerros para salvar a su amado líder.

Lo llevaron en helicóptero a un cuartel donde pensaban asesinarlo y lo introdujeron en un avión que lo llevó a la isla de La Orchila, donde iban transbordarlo a una aeronave yanqui que se disponía a despegar, cuando de pronto aterrizó sobre la pista la flotilla de helicópteros de las FANB que lo liberó de sus captores y lo trasladó a Miraflores, donde el pueblo emocionado lo recibió en medio de vítores y aplausos.

16 años después, Lula recorrió el mismo calvario de Chávez, tras entregarse el 7 de abril a la policía que lo llevó, primero, en un helicóptero y, después, en un avión hasta la cárcel por orden de Moro, el juez venal autor de la sentencia, confirmada por la mayoría en el Senado, 6 de los 11 jueces de la Corte Suprema de Justicia, cofradía de judas y malinches que más temprano que tarde serán arrojados al basurero de la historia.

Porque “se podrá matar al soñador, pero jamás al sueño”, “se podrán cortar todas las flores, pero no se podrá detener la primavera” y, como dijo Lula al momento de entregarse a la policía: “¡No pueden acabar con mis ideas y sueños. Ya hay miles de Lula!”.

No son miles sino millones los Lula, hombres, ancianos, niños y mujeres que hay, no solo en Brasil sino también en América Latina, el Caribe y el resto del planeta, recorren las calles de pueblos y ciudades exigiendo su inmediata libertad.

Como lo hacen las decenas de miles de brasileños que han levantado un gigantesco campamento de carpas en vigilia permanente frente a la cárcel donde está recluido, condenado por el “crimen” de haber rescatado del hambre, la miseria, la pobreza, la ignorancia, la enfermedad y demás plagas sociales a más de 40 millones de compatriotas que se hallaban sumidos en abismos de olvido y abandono, donde fueron arrojaron por los fascistas que gobernaron el país antes que Lula.

Son ellos quienes, junto con sus cómplices de las transnacionales, del sector empresarial urbano y rural, los industriales del campo, los terratenientes ganaderos y agricultores y los miembros de la rancia oligarquía que amasaron grandes fortunas explotando el trabajo de esclavo de millones de trabajadores, los que asesinaron a miles de campesinos e indígenas en la Amazonía para despojarlos de sus tierras, los que llevaron a Lula a la cárcel.

Los que difícilmente duermen y, si lo hacen, despiertan a veces de repente temblando de miedo tras sufrir la pesadilla que les acosa, no solo dormidos sino también despiertos, robándoles noche y día, viendo alzarse en justa rebeldía a una legión de fantasmas conformada por los millones de desposeídos a los que les robaron sus vidas, explotándolos como esclavos noche y día.

Como lo hicieron hasta los primeros años del siglo XXI, cuando al votar le dieron el triunfo a Lula, siguiendo el ejemplo de la victoria de la Revolución Bolivariana que, como incendio, se propagó por la gran patria latinoamericana y caribeña abrasando con su fuego libertario a otros pueblos hermanos que también eligieron a lideres progresistas y revolucionarios, quienes junto con Chávez y Lula cambiaron el mapa político y social de la región.

De allí el odio visceral que el imperio y sus secuaces generaron contra el Gobierno Bolivariano de Chávez, y cuando el comandante partió hacia la inmortalidad y la gloria, lo volcaron contra el Gobierno de Nicolás Maduro, su hijo político y heredero de su legado, declarándole una brutal guerra económica, política, diplomática, financiera y monetaria, que el presidente obrero enfrenta exitosamente, derrotándolos en todos los frentes de batalla.

Y es que cuenta con el incondicional apoyo de la inmensa mayoría del pueblo venezolano y la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, que, dignos y fieles con el compromiso de lealtad para con la patria y el proceso revolucionario, no se dejan engañar por los cantos de sirena del enemigo que le ofrece villas y castillos a través del soborno con el que en vano pretenden comprar su invendible e doblegable dignidad y fidelidad para con la patria y con el proyecto político e ideológico de Chávez.

Y que posee la conciencia política y social que le permite distinguir entre los valores de la Revolución Bolivariana, que busca el mayor grado de felicidad para el pueblo, y los antivalores de la contrarrevolución fascista, cuya codicia y ambición lo único que persigue es sojuzgar pueblos y saquear sus ingentes recursos naturales.

Como lo hizo Estados Unidos en Brasil en abril de 2015 con el golpe de Estado parlamentario que derrocó a Dilma, al que siguió el ilegal e ilegítimo juicio contra Lula que culminó con esa aberración jurídica que fue la sentencia que lo llevó a la cárcel para impedir su segura victoria en las elecciones fijadas para octubre, ya que las últimas encuestas le otorgan más del 70 % de los votos frente al escuálido porcentaje estimado para su más cercano rival.

La empresa dirigida a rescatar la libertad perdida por el pueblo brasileño se presenta como una lucha cuesta arriba, pero es en las más adversas condiciones como esas en las que se pone a prueba la voluntad de resistencia de los pueblos y sus líderes revolucionarios, y el pueblo y los dirigentes revolucionarios brasileños poseen una exitosa trayectoria que los ha llevado a conquistar más de una victoria en las históricas batallas que han librado en más de 200 años contra poderosos enemigos.

Y es que los pueblos de la patria grande y sus líderes revolucionarios como Maduro y Lula aprendieron de Simón Bolívar, su maestro y guía, que “Dios concede la victoria a la constancia”, y así como ese don le permitió al Libertador vencer al imperio español hace dos siglos, los llevará también a ellos a vencer al imperio yanqui y a sus lacayos criollos y extranjeros.

 

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