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8.Sep.2026 / 08:14 am / Haga un comentario

Por Carolys Pérez González | @Carolyshelena

“Cuando los pescadores no pueden ir al mar, reparan sus redes”.

He vuelto varias veces sobre esta frase. Quizás porque hay algo profundamente humano en ese gesto: aceptar que no siempre se puede salir al mar, pero entender que eso no significa dejar de trabajar para el día en que podamos hacerlo nuevamente. Mientras la marea cambia, mientras pasa la tormenta o mientras las condiciones no acompañan, hay una tarea que permanece entre las manos del pescador. Revisar la red, encontrar dónde cedió, volver a unir los hilos.

Me gusta pensar que los pueblos también atraviesan momentos así.

Hay épocas en las que avanzar parece una obligación, incluso cuando no sabemos muy bien hacia dónde estamos avanzando. La velocidad se convierte en una forma de supervivencia y terminamos midiendo nuestras posibilidades por aquello que somos capaces de resolver hoy. Pero hay momentos en los que quizás la pregunta no debería ser cuánto podemos avanzar, sino qué necesitamos recuperar para poder hacerlo juntos.

Venezuela conoce bien esa pregunta. Durante años hemos aprendido a vivir en medio de la incertidumbre, a resolver con lo que hay, a encontrar caminos donde parecía que no los había. Hemos sido capaces de sostener la vida de maneras extraordinarias, muchas veces desde lugares anónimos y sin ningún reconocimiento. Una abuela que cuida a sus nietos mientras sus hijos están lejos. Una comunidad que se organiza para resolver un problema. Un maestro que sigue enseñando. Un artista que insiste en crear. Alguien que abre una puerta para que otro pueda entrar.

Quizás allí también está nuestra red que definitivamente no es solamente la estructura de las grandes organizaciones ni la arquitectura de las instituciones. Esta red está hecha de confianza, de afectos, de solidaridad, de conversación y de esa disposición tan sencilla, de reconocer que necesitamos a los demás.

La política suele mirar hacia arriba: hacia quienes gobiernan, hacia quienes aspiran a gobernar, hacia las instituciones y los grandes acontecimientos. Pero también existe una política que ocurre a ras de suelo y que tiene que ver con la manera en que una sociedad se encuentra consigo misma. Con su capacidad para escucharse después de haber discutido tanto. Con la posibilidad de volver a construir puentes allí donde durante años levantamos trincheras.

No se trata de borrar las diferencias, (una sociedad viva las tiene y las necesita); se trata de que nuestras diferencias no sean siempre el punto de partida para la ruptura; de recuperar la posibilidad de disentir sin dejar de reconocernos parte de una misma historia y, sobre todo, de un mismo porvenir.

Tal vez por eso reparar las redes sea una imagen tan poderosa para este tiempo. Porque reparar supone mirar lo que se rompió sin quedarse viviendo dentro de la ruptura. Supone reconocer el daño, pero también recordar que no todo está perdido. Hay hilos que todavía existen. Hay vínculos que sobrevivieron. Hay personas que siguen tendiendo la mano. Hay comunidades que, a pesar de todo, continúan encontrando maneras de sostenerse y quizá allí empieza cualquier posibilidad de futuro: no en la ilusión de que el mar será distinto, sino en nuestra capacidad para volver a encontrarnos antes de regresar a él. No sabemos cuánto tardará la marea en cambiar. No sabemos qué encontraremos cuando llegue el momento de volver a navegar, pero sí podemos decidir qué queremos llevar con nosotros cuando llegue ese día.

Por ahora, quizás nos toca reparar las redes. Hacerlo con paciencia, con memoria y también con esperanza. Porque hay algo hermoso en el oficio del pescador: sabe que reparar no es abandonar el mar es tener la certeza de que volverá a salir.

Seguimos venciendo, ¡palabra de mujer!

 

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