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28.Oct.2015 / 07:54 am / Haga un comentario

Prensa PSUV.- Hoy se cumplen 246 años del natalicio de Simón Rodríguez: Pedagogo, pensador filosófico, escritor de densas obras de contenido histórico y sociológico, y conocedor a fondo de la sociedad hispanoamericana. Fue maestro y mentor del Libertador Simón Bolívar.

Simón Rodríguez nació en Caracas la noche del 28 de octubre de 1769. Fue bautizado el 14 de noviembre de ese año como niño expósito (¡). Criado en casa del sacerdote Alejandro Carreño, toma de él su apellido y es conocido como Simón Carreño Rodríguez. Su madre Rosalía Rodríguez era hija de un propietario de haciendas y ganado, descendiente de canarios.

Su vida activa de maestro la comenzó en mayo de 1791, cuando el Cabildo de Caracas lo admite para ejercer el cargo en la escuela de primeras letras para niños. Llegó a tener bajo su pupilaje a un grupo de niños que para finales del año 1793 ascendía a 114.

Entre sus principales obras destaca la llamada ‘Sociedades Americanas’ (1828), donde trabaja e insiste en la necesidad de buscar soluciones propias para los problemas de Hispanoamérica, concepto que sintetiza en una frase: “La América Española es Original, Originales han de ser sus instituciones, su gobierno y Originales sus medios de fundar uno y otro. O inventamos o erramos”.

Don Simón Rodríguez, precursor y animador de la inquietud bolivariana, es por antonomasia el Maestro del Libertador; antes de que éste independizara a América, Rodríguez (su “Maestro Universal”) hace su tarea: independiza a Bolívar, lo divorcia de la realidad tradicional y lo acerca a la verdad futura; le ayuda a conseguir la perspectiva propia de un creador, a intuir su faena y a calcular las fuerzas de sus auxiliares y sus enemigos. Simón Rodríguez llama a Bolívar a ser terriblemente cuerdo entre aquellos mediocres que se autoestiman depositarios del buen juicio y de la sensatez, y a los ojos de los cuales la Independencia tenía que ser una locura singular.

En 1794 presentó al Cabildo de Venezuela un proyecto de Escuelas Públicas, donde analizaba el sistema educativo para aquel entonces y donde planteaba la necesidad de la participación activa de los alumnos en las cátedras, exponiendo sus ideas y aclarando sus dudas. Pero las autoridades coloniales no le prestaron ninguna atención.

Además de su conocimiento y talento como educador, sintió también la inquietud de la Libertad; participó en el movimiento revolucionario de Gual y España, y complicado en esta tentativa de independencia, abandonó el país al fracasar el movimiento y se traslada a Jamaica, suplantando su nombre por el de Samuel Robinson, para evitar cualquier vengativa por parte de las autoridades del rey.

Simón Rodríguez solía decir: “No quiero parecerme a los árboles, que echan raíces en un solo lugar; sino al viento, al agua, al sol, a todas esas cosas que marchan sin cesar”.

En los años finales de su vida, se dirige a Guayaquil, donde se perderá buena parte de su obra a causa de un incendio que devastó parte de la ciudad. En 1853, emprende un nuevo viaje al Perú, acompañado por su hijo José y su amigo Camilo Gómez, quien lo asistirá en el momento de su muerte, ocurrida en el pueblo de Amotape el 28 de febrero de 1853. Setenta años después, sus restos fueron trasladados al Panteón de los Próceres en Lima, y desde allí, al siglo justo de su fallecimiento, fueron devueltos a Caracas, ciudad natal, donde reposan en el Panteón Nacional.

Fue odiado despiadadamente por ciertos sectores privilegiados que lo tildaron de “loco”, porque sus ideas eran antagónicas con sus intereses, y han sido estos mismos sectores los que se esfuerzan por borrar su legado de la memoria colectiva del pueblo, reduciéndolo a la mera condición de “maestro de Simón Bolívar”. Pero el “Sócrates de América”, como lo llamara Bolívar, fue un gran visionario, un gran revolucionario que se anticipó a su época, actuando en función de una ideología, con concepciones del internacionalismo que sobrepasaron el estrecho límite de Venezuela e incluso el más amplio de nuestro continente.

Fuentes: Varias

(¡) Recién nacido que es abandonado o confiado a un establecimiento benéfico

 

 

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