Opinión

18.May.2015 / 09:20 am / 1 Comentario

Grito Llanero

Por: Pedro Gerardo Nieves

Esta frase llena de pavor la dirigí contra un cuarentón pana de mi infancia. Estábamos preparando una deliciosa pasta veguera (o burrera también la llaman algunos) para despacharla un domingo, calientica con queso rallado, cochino frito y tajadas de topocho tierno.

-¡Epa chamo! Hay que echarle onoto a la los aliños antes de sofreír la pasta, dije con expresión severa a mi amigo, a quien no perdonaba la omisión.

-No puedo cámara, está comprobado científicamente que el onoto causa impotencia; dijo mi amigo con un aire meditabundo en el que adiviné una expresión de triunfo propia de los profetas sabihondos que pululan en los bares para arreglar el mundo.

Luego de la pregunta que titula estas líneas me trabé en una compleja discusión con el pana. Este insistía en su valoración y yo le espetaba enfurecido de dónde había sacado tamaña ridiculez. Menos mal que ¡oh sabiduría llanera! un viejo sombrerúo y setentón allanó el camino al condumio original cuando soltó la contundente aseveración: No sea pendejo chico. Toda mi vida he comido onoto y he fabricado 12 comeyucas que están grandotes y paríos, hombres y mujeres. Y todavía mando guarapo.

Pero la verdad es que andan por ahí, subterráneamente en el imaginario popular, una cantidad de creencias acientíficas que impactan directamente, no sólo en nuestra siquis, sino en: ¡nuestro esquema productivo!

En otras ocasiones he recibido la “información” de que ese divino cítrico del llano llamado graifú, sabroso para calmar la sed del calor barinés, ingrediente estelar de cantidad de cocteles sabaneros, también tumba la virilidad de nosotros los hombres.

Y por alguna razón, y acepto que me califiquen como conspiranoico, ya pocos resiembran onoto y la graifú, tan común en los solares barineses, ha ido desapareciendo al tiempo que ruedan sus mitos perversos.

En la minúscula casa donde crecí, que tenía un patiecito también minúsculo, nuestra abuela y nuestra madre tenían: una mata de mango, higos (sí, sabrosos higos que comíamos maduros o verdes en dulce), guanábana, graifú, una que otra planta de caña (que chupábamos como sólo un niño llanero lo sabe hacer), un árbol de mamón, una mata de lechosa, un perro y varios gatos que veían con amor de hermanos al gallo padrote que dominaba a las gallinas como un sultán enamorado. Más allaíta, un gordo marrano aguardaba con nerviosismo diciembre mientras se alimentaba con la masagua que como niños recogíamos entre nuestros pobres y solidarios vecinos.

Además, unos tíos pescadores, cazadores y llaneros complementaban nuestra dieta llevando a nuestro hogar tembladores, babas, morrocoyes, terecayas, bagres de distintas formas, palometas, cachamas, coporos, chácharos, picures, cachicamos, lapas (una vez por cuaresma), venados, conejos, chiguires, patos, guires, gansos, pavos, guineos, perdices, chocolateras, yuca, plátano, ocumo, ajíes, cebollín, pan de año, maíz en mazorca tierno o “jecho”, y pare usted de contar.

Todo era preparado con sazón llanera, y era despachado a la velocidad del hambre de los muchachos con verdadera delicia. Tan era así, que mientras más •raro” era el animal, con más curiosidad y deleite lo consumíamos.

Pero la verdad es que hoy usted le pide a cualquiera que deguste un pastel de morrocoy y lo mirarán cuando menos con cara de ecocida. Los niños no comerán conejo para no tragarse a Bugs Bunny; algún sifrino pondrá cara de vómito si le ponen unos medallones de temblador y tendremos que luchar argumentativamente para que cualquiera coma algo más que carne de res, pollo o cochino.

La verdad es que los aparatos de dominación ideológica del imperialismo lamentablemente han hecho “muy bien” su trabajo y nos hacen consumir los alimentos cuya cadena de producción ellos dominan y lanzan a los incautos mitos acientíficos que inciden en nuestros patrones de consumo. Tanto es así, que aquella luminosa idea del gallinero vertical hoy ha sido re-significada como sinónimo de ranchificación, desorden y “tierruísmo” por algunos chavistas inclusive.

Nadie recuerda, o no quieren saber, que John Spencer Kellog creó sus industriales hojuelas de maíz Corn Flakes como un cereal antimasturbatorio que adormece los ardores masculinos; que el gluten del trigo está categorizado como un enemigo de la salud y que la comida chatarra lo pone a uno viejo, feo y enfermo.

Por eso llegamos a la conclusión que, definitivamente, no ponerle ciencia y conciencia, es decir Socialismo, a los ataques abiertos o sicológicos de la guerra económica causa impotencia: impotencia sexual, alimentaria y política.

 

Comentarios

19.May.2015 02:41 pm
Rafael Enrique Dávila Lacruz (Lara) dijo:

Así son los “mitos” en mi llano, adquiridos y machacados por seres que se creen superiores y que van tratando de dominar al mundo, oh!! craso error Bolívar y luego Chávez nos liberaron. Un saludo con mucho respeto.

 

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